domingo, 6 de diciembre de 2009

Y yo no sabia que fumaba

Mi familia es grande, el Opus Dei y mis abuelos por parte de padre se encargaron de fabricar diez hijos y de esos diez hijos nacimos veinticuatro primos, todos muy cercanos que, en edades hacemos una escalera descendiente, con no mas de tres años de diferencia entre uno y el siguiente, desde los treinta y cinco años de mi hermano mayor hasta mi prima Daniela, la menor de todos. Una de las hermanas de mi madre no tuvo hijos y la otra se casó y tuvo cuatro hijas con el hermano de mi padre por lo que, todas mis primas por ese lado de la familia, lo son también por el otro. Pero yo crecí con otra familia también, una familia formada no por lazos de sangre, sino por lazos formados con amor, lealtad, mucho trabajo (a veces demasiado) y mucha, pero muchísima paciencia. Esta familia la forman Humberto y Luis, los dos guardias de mi casa con quienes esta prohibido hablar de otra cosa que no sea futbol, Oscar, el chofer de mi abuela, experto en absolutamente todo, un erudito en todos los temas que sean imposibles de constatar y dueño de una capacidad de ver el futuro que le ha permitido predecir resultados futbolísticos increíbles y terremotos devastadores, así como ver una cantidad de películas que no se han rodado nunca, o por lo menos todavía. Está María, qué fue primero la niñera de mi hermano mayor, luego durante mi adolescencia fue la mía y hoy, en Canadá, es niñera de mi hermana y su marido, a pesar de que ellos quieran hacer parecer que lo es de sus hijos. María debe pesar unos cuarenta kilos, pero es capaz de matarme a golpes con una sola mano y ha intentado, felizmente sin éxito, morirse de todas las enfermedades posibles, estoy seguro que no se rendirá hasta lograr su cometido o, en todo caso, morir en el intento. Estaba la “mama Irene”, una cocinera de edad indefinida y talento incomparable que estuvo en mi casa desde que mi madre era una niña, ella murió hace ya varios años, pero el recuerdo de sus macarrones con salsa blanca quedará para siempre grabado en mi paladar y abrazado alrededor de mi cintura. Luego estaba Félix, el mayordomo de mi abuela que estuvo no se si treinta o cuarenta años trabajando en mi casa.

Mi abuela dice que Félix llegó joven a trabajar a mi casa, pero yo no le creo que llegó, yo creo que siempre estuvo ahí, que salió de las paredes, que un día emergió de la tierra del jardín o que se bajó del árbol de guayabas. Dicen que cuando mi madre se enfermaba de niña, Félix se arrodillaba a la entrada de su cuarto y rezaba para que no muriera, así fuera por un simple resfrío, Félix estaba ahí. Estuvo ahí siempre, cuando yo crecía se mantenía distante, con mucho respeto y yo realmente no lo notaba, era simplemente el encargado de mirar que no me pasara nada cuando salíamos al parque a pasear al perro, o de vigilar que yo no me robara la coca colas del bar de la casa. Pero pasaron los años y empezamos a hablar, yo salía a la terraza de mi casa a fumar a escondidas y me lo encontraba limpiando la piscina, empezábamos con lo básico, hablábamos de futbol, éramos de equipos rivales y eso hacia que la conversación fuera más divertida. De ahí pasamos a ver los partidos juntos, yo en el sofá o la cama y el de pie desde la puerta del cuarto, yo siempre le insistí que se sentara pero no quería, me imagino que le daría vergüenza que mi abuela llegara y lo viera en el sofá, así que logré convencerlo de que se empezara a sentar en una sillita que estaba al lado de la puerta, desde ahí podía el oír a mi abuela venir y ponerse de pie rápidamente antes de que ella entrara al cuarto. Félix aparecía siempre unos cinco minutos antes de que empezaran los partidos, se sentaba en la sillita esta y cinco minutos después, se quedaba totalmente dormido, solo se despertaba con algún grito de gol o cuando yo, al oír a mi abuela venir, le tiraba un cojín en la cabeza, y es que estoy seguro que sufría de narcolepsia, era capaz de quedarse dormido en cualquier situación, eso si lo noté desde niño, se quedaba dormido tomando la sopa, con la cuchara a mitad de trayecto entre el plato y su boca, mis primas y yo solíamos escondernos en la entrada de la cocina y le tirábamos limones en la cabeza para despertarlo y su única reacción era seguir comiendo como si nada hubiera pasado. Una vez se cayó a la piscina mientras la limpiaba, a pesar de que el decía que se tropezó, yo estoy seguro de que se quedó dormido también, me acuerdo que salió del agua rápidamente, y yo le dije en que talvez debería haber aprovechado la oportunidad para bañarse un ratito y disfrutar por fin de esa piscina a la que tanto tiempo le dedicaba, pero el me decía que de ninguna manera. Después de ese incidente me acuerdo que intenté empujarlo a la piscina unas tres o cuatro veces, todas sin éxito, al final me rendí al darme cuenta de que a su edad, el empujón podría causarle un daño, pero yo quería que el sintiera que era familia para mí y creo que la única manera que se me ocurrió en ese momento fue esa, empujarlo a la piscina.

Pasó el tiempo y el vinculo se hizo mas estrecho, ya no solo veíamos los partidos juntos, sino que el aprovechaba cualquier momento libre que tenia para poder pasar un rato conmigo, a veces cuando yo escuchaba música en mi cuarto, el se paraba detrás mío y empezaba a bailar, bailaba sin hacer ruido, podía pasarse un largo rato bailando detrás mío sin avisarme solo para arrancarme una risa con la sorpresa. Siempre aparecía también cuando yo me bañaba en la piscina, se quedaba ahí pegadito a una esquina y me contaba sobre su pueblo, un pueblo en la sierra, no me acuerdo cual, pero solía siempre contarme la historia de cuando de niño fue a robarse una cabra de un pastor y al ser descubierto le tiro una piedra en la panza y logró huir. La historia le hacia reír tanto que yo dejaba que me la contara una y otra vez. Entender lo que Félix hablaba era difícil, tenia cierto tipo de defecto que hacia parecer que hablaba un idioma distinto, pero yo con el tiempo me volví un experto, ya no me costaba nada descifrar sus palabras, y eso que la gran mayoría eran frases y palabras sin sentido como “Picaman” o “Pumahuey”, los “afectuosos” apelativos con los que el solía referirse a mi. La única vez que me habló claro y muy seriamente, fue la vez que me oyó discutir con mi madre por lo mal que me venia yendo en el colegio. Félix, que adoraba a mi madre y cuyo cariño por mi creo que era por extensión del que tenia por ella, se me acercó por detrás y rompiendo todo el protocolo con el que siempre se había comportado, me dijo “ya hubiera querido tener yo la educación que tu recibes, eres un engreído y malcriado, tienes que darte cuenta de que la vida te ha premiado, eres un idiota sino lo aprovechas”. Mi terquedad y orgullo por lo general evitan que yo me calle las cosas, pero ese día no respondí nada, me dí cuenta que tenia razón. Mi padre no estaba muy presente y mi madre era quien se encaraba de los regaños, pero el de Félix me dolió como ninguno. Al cabo de un par de días el trato entre los dos volvió a se normal, pero yo tenia un nuevo respeto por el.

Pasaron los días y los meses y llegó diciembre. Diciembre en Lima es un mes que huele bien, huele como a libertad, como al inicio del verano, como si un airecito trajera, desde el futuro, un poquito del olor a protector solar y arena. El diciembre de mi niñez y adolescencia olía así, rico. Terminaba el año escolar, ya nada importaba, venia mi cumpleaños, navidad y el verano, como si hubiese hecho un trato con la vida para que me diera todo lo bonito del año de golpe y esperar al siguiente diciembre viviendo de la felicidad ahorrada en ese mes, amaba diciembre, diciembre tenia vida para mi y así como todo lo que vive muere, diciembre murió para mí, el diecisiete de diciembre de mil novecientos noventa y siete, se murió de un mal pulmonar y yo nunca supe que fumaba.


Yo volvía del colegio más o menos a las tres de la tarde y almorzaba en el comedor de la cocina, y Félix, que normalmente almorzaba a esa hora también, solía, tras muchas insistencias mías y apelando a la confianza que ya había generado en el, sentarse conmigo a comer, pero ese lunes no estaba. A veces se iba a pasar unos días fuera de Lima, nunca supe bien que hacia, pero si sé que se pegaba unas borracheras tales, que volvía más de una semana tarde y lleno de golpes y cortes, según el que se había caído por un barranco, pero nunca lo supe bien. Mi abuela contaba mil historias de el, de su juventud, que la caída por el barranco era ya historia conocida, que había embarazado a alguna de las empleadas, que luego habían perdido (o abortado) el niño, y tantas otras de ese tipo. Pero si alguna vez se le preguntaba algo serio y personal, el respondía con una broma y, potenciando su mala dicción, procedía a balbucear alguna tontería in entendible que solía terminar con una risotada.

Yo asumí que se había ido de vacaciones, o que había pedido un permiso o algo así, el tema es que no estaba ese día ahí almorzando conmigo. Al día siguiente se repitió la escena y ahí si pregunté, me dijeron que se había ido al hospital a hacerse ver una tos que lo tenia incomodo hacia unas semanas y desde el día anterior no había vuelto, pensamos que talvez lo habrían internado y empezamos a averiguar, llamó mi madre al hospital del seguro social y nada, nadie parecía saber bien en donde estaba, que sí, que había entrado pero que ya se había ido, o que lo habían enviado a otro lado, nadie se aclaraba con el tema y eso empezaba a preocuparnos. Al día siguiente todavía no había noticias de el, yo me fui al colegio preocupado y al volver pregunté de nuevo, me dijeron que mi madre ya lo había encontrado, estaba en el hospital, en otro área, que había entrado hacia dos días con un mal pulmonar, que había entrado renegando, que no quería que lo internaran porque decía que ahí lo mataban a uno, y que había tenido razón, y que estaba muerto ya.

Yo no lo podía creer, yo pensaba que la única manera de morir así de rápido era estar en accidente, y Félix a los accidentes era inmune, ni siete caídas por un barranco lo habían podido matar, yo estaba acostumbrado a pensar que cuando uno moría de enfermedad, eso tomaba tiempo, así había sido en mi familia por lo menos, a uno la enfermedad lo preparaba y le iba quitando al pariente de a pocos, pero esta vez no. Félix tosió, fue al hospital y murió, tres pasos, nada mas y la vida era ya otra. Mi madre dijo en ese almuerzo, en el que Félix ya no servia la mesa, que había sido este problema pulmonar, que seguro era porque fumaba mucho, “¿Qué? ¿Félix fumaba?” – pregunté, mi madre me explicó que si, que ella le traía cartones de cigarros cada vez que viajaba, que le gustaba el marlboro rojo, ¡el mismo que a mi! Pero a mi el nunca me aceptó uno, todas las veces que salíamos a fumar solo fumaba yo, parece que el en realidad salía todavía a cuidarme, nunca dejó su rol de encargado de cuidarme, a pesar de que yo ya le doblaba el tamaño, y nunca me aceptó un cigarro. Esa tarde fuimos al velatorio del hospital a verlo, era una sala grande, horrible, no como los velatorios en donde había visto yo a mis anteriores familiares fallecidos, no habían cientos de personas tampoco, éramos solo mi madre, un par de mis primas y yo, y Félix, en el cajón, echado ahí, con un color casi amarillo, no “como dormido”, como normalmente se les veía a los difuntos mas elegantes, el se veía muerto, muy muy muerto. El cuarto era frío y amplio, con una muy mala iluminación, parecía que se buscaba darle un efecto tétrico a propósito, seis metros mas allá, otro cajón, otro muerto, y una madre y su niño llorándolo solitos. El lugar olía como a desinfectante, se oían los bocinazos que pegaban los autobuses afuera y era muy difícil concentrarse en la tristeza, era como difícil de entender, yo quise llorar y no pude, quería, pero no pude. Al cabo de unos minutos nos fuimos a casa, el entierro seria al día siguiente, yo no iría, tenia que ir a colegio y este sería en la mañana, en un cementerio feo, en una de esas tumbas que están en la pared, nada de jardín bonito, de pastito verde, de multitud en traje y con lentes de sol, nada de eso, solo mi abuela, las empleadas de mi casa, mi madre y unos familiares casi simbólicos de Félix que habíamos podido contactar. Yo en el colegio pensé todo el día en él, en la muerte, pensé mucho en la muerte, en la de él, en la mía, en la de mis abuelos muertos, cuyas muertes me había sido imposible llorar, había intentado, igual que con Félix, pero no había podido derramar ni una lagrima, era como si supiera que tenia que estar triste y no podía, no me lo permitía. Llegué a mi casa, almorcé sin Félix y al terminar me metí a su cuarto, rebusque entre sus cosas, como para ver si todavía estaba ahí escondido, había en su pared una foto enorme y muy antigua de mi madre y mi tía de jóvenes y, ahí al lado, una caja de metal azul, la abrí y encontré dentro unas cinco cajetillas de Marlboro rojo, me llevé la caja a mi cuarto, la contemplé por un rato y la guardé. Seis días mas tarde fue mi cumpleaños, vinieron mis amigos a tomar unas cervezas a mi casa, yo celebré como muchos otros años, estuve muy divertido, pero era mi primer cumpleaños sin Félix y lo notaba, el solía venir en un momento en donde nadie veía y darme un abrazo, siempre muy respetuoso, siempre muy, demasiado en su rol de empleado. Eso de las cuatro de la mañana se fueron todos, todos borrachos, todos menos yo, no había tomado casi nada, estaba con la cabeza en otro lado, cerré la puerta al ultimo de ellos y volví a mi terraza a ver todas las botellas que ya no recogería Félix al día siguiente, saqué una de las cajetillas de Félix, cajetillas que había jurado fumarme enteras y no compartir con nadie, me senté junto a la piscina, encendí uno y empecé a llorar, luego encendí otro y otro mas, fumaría hasta que dejara de llorar, fumé y lloré mi ultimo diciembre, fumé y lloré a Félix, fumé y lloré mi adolescencia que partía con Félix, con la muerte y con el humo del cigarro. Hace unos días, doce años después, soñé que fumaba con el y que al final del sueño, lo empujaba a la piscina. Y yo no sabia que fumaba.