Tenía su cabeza apoyada en mi pecho, y se movía lentamente, como denotando las señales iniciales de su incomodidad. El llanto era inminente, lo cual me aterraba –“tengo que actuar rápido”- pensé. Si empezaba a llorar, si pasaba de unos cuatro o cinco segundos llorando, ya no habría como detenerla, habría que derivar el caso y eso era lo último que quería, así que empecé a cantar. Arranqué con un tema de Sui Generis, le gustó, se quedó tranquilita, poco a poco se fue acomodando entre el sonido de mi corazón y este hermoso himno hippie llamado “aprendizaje”. Acto seguido continué con uno de “Buena Vista Social Club”, un tema sobre un árbol en cuyo tronco una niña graba su nombre dejándolo marcado física y emocionalmente para siempre. Al terminar la canción, el estado de relajación suyo era tan profundo como contagioso, cargado de una comodidad extrema y altamente envidiable, y yo, cubierto en ese instante por su energía pura y su belleza intacta e inocente, decidí disfrutar del momento. Se durmió profundamente y pensé que esto podría durar horas y que no debía ni moverme, así que habría que quedarse ahí, echado en ese sillón, esperando el tiempo que fuera necesario, sin encender la luz ni el televisor ni nada. Atiné a hacer un movimiento lento y suave para apagar mi celular y me dije a mi mismo –“bueno, aquí tienes por lo menos una hora para disfrutar, pensar y experimentar plenamente una de las sensaciones que justifican la propagación de nuestra torcida e inclemente especie”-. Tras unos segundos de puro silenció, suspiró, muy suavemente, pero con la intensidad suficiente para conmoverme aun más de lo que ya lo estaba y hacerme pensar que me podría quedar ahí toda una vida.
Yo tenía puesta una de mis camisetas favoritas, una de “The Clash” y mientras empecé a pensar que talvez tendría que poner algo entre esta y la cara de Vania, su mano izquierda se cerró apretando entre sus dedos mi camiseta y unos cuantos pelos de mi pecho. En ese instante no pude evitar pensar en la noche previa a enterarme de que venía. Fue un viernes en la noche, fui a casa de mis primas a mirar un película con alguna de ellas, al subir me encontré con Micaela, lo cual era muy extraño, ya que ella, recién entrada en los veintes, no carecía de opciones en cuanto al divertimento de fin de semana y por lo general, solía aprovecharlas, pero ese día se había quedado en casa. Recuerdo que nos tiramos en un sillón a ver la televisión y Mica casi no habló, se le sentía distante y sensible, con la cabeza en otro lugar. Miramos por un rato un programa biográfico sobre gente del espectáculo hollywoodense, comentando rara vez alguno de los sucesos narrados y evidenciando, tras cada uno de esos comentarios, que los dos sentíamos, que ese viernes en la noche no era un viernes común. Pasó un buen rato y yo, que no suelo ser bueno para ignorar temas de conversación necesarios, estaba empezando a obsesionarme con el tema, tenía ganas de decirle algo, salvo que no sabía que, pero estaba seguro que ella necesitaba oír algo de mí, o tal vez yo necesitaba decirlo. Segundos después decidí dejarlo a la improvisación, solo abriría la boca y dejaría las palabras fluir, esto no podría fallar, pero en el instante en el que mis labios se separaron, Mica me abrazó y cerró su mano izquierda apretando mi camiseta y unos cuantos pelos de mi pecho.
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, yo me encontraba mirando la televisión en mi cuarto cuando mi madre entró y sin ninguna introducción me dijo – “Tristán, ¿sabias que vas a ser tío?” – al levantar la cabeza noté que la expresión suya traía una mezcla de seriedad y desconcierto – “no es tu hermana”- me dijo – “es tu prima Micaela la que está embarazada”- . Yo no se si ella vino a buscar en mí alguna palabra que la ayudara a procesar la sorpresiva noticia de que su sobrina y ahijada, a quién ella quería como a una hija, había quedado embarazada a los veintipocos y estando soltera; pero lo que era seguro es que no la iba a encontrar. Dejé pasar unos segundos y me levanté de mi asiento, tomé mi teléfono celular y me fui del cuarto con la intención de encontrar mi destino mientras caminara. Mica se encontraba tan solo tres pisos arriba de mí, sin embargo yo no tenía idea de que decirle ni como, la improvisación que la noche anterior hubiese sido correcta, en este caso me resultaba inútil y hasta estúpida. Yo tenía que averiguar como se sentía ella para poder saber como debía de sentirme yo. Segundos después me hallé hablando por teléfono con una amiga en común y muy cercana a ella, le pedí que me contara por favor si Mica estaba feliz. Yo consideraba que no tenía ningún derecho a sentirme de una manera u otra por mi cuenta, ya que desde ese momento, solo importaban Mica y quién meses después llegaría a este mundo bajo el nombre de Vania. Yo sentía en mi corazón un hueco enorme, una sensación intensa pero indescifrable, algo así como un sentimiento genérico que rogaba porque la realidad le ayudase a tomar forma. Cuando la voz en el teléfono me confirmó que Mica estaba feliz, que no cabía en si misma y que si bien lo sabía ya desde hacía algunos días, no había dicho nada porque quería hablar con su madre primero. El hueco en mi pecho empezó a llenarse de alivio, alivió que pasó a transformarse en alegría, colgué el teléfono sin despedirme y subí las escaleras para verla y darle un abrazo.
Los cinco dedos de Vania sobre mi pecho me llenaron de amor y energia, me sentí conectado con algo superior. La esencia mas pura de la vida yacía acostada sobre mi pecho y yo, echado como estaba, noté como mis raices se metían en el suelo y mis hojas la envolvían buscando protegerla. De mi cabeza nació una flor blanca que cayó encima de ella y se fue a esconder en su sonrisa, donde habría de quedarse para siempre. Ahora yo, varios años después, y aun mas árbol que en ese entonces, me alzo orgulloso mostrando la marca que Mica hizo en la corteza de mi pecho y en donde Vania metió su mano para, con todo el poder de su existencia, revivir mi corazón.