El día se tornó bastante mas largo de lo normal, clases aburridísimas y después, el trayecto eterno desde la universidad hasta su casa, hacían que Ulises no pensará mas que en llegar, echarse en la cama a ver televisión y talvez, solo talvez, comer un chocolate. Pasaban los minutos y el autobús seguía detenido en la misma esquina, hacía amagos de avanzar pero volvía a detenerse tras pocos centímetros, era como si el chofer intentara calmar la ansiedad que compartía con los pasajeros acortando la distancia entre su vehiculo y el que se presentaba, igual de estático, delante de el. Ulises miraba sus libros, tenía que estudiar y la verdad que este trayecto se hubiese presentado ideal para hacerlo si no fuera porque le resultaba imposible pensar en otra cosa que en tomar la decisión de comerse o no el chocolate… y si sí, ¿cuál? ¿Un milky way? Mmmm no, ese es muy grande, es casi un desperdicio en un momento como este, talvez un KitKat, esos me encantan, pensaba Ulises y se llenaba de ansiedad ante la situación. Minutos después subió al autobús un vendedor de golosinas y Ulises, al verlo, pensó que esa era la solución, quitarse el antojo con un chocolatito chico, barato, peruano, talvez no tan rico, pero muy eficaz en la tarea de aportarle azúcar y evitar así que al llegar comiera uno de los buenos. Dos chocolates en un día ya iba a ser mucho, ¡perfecto, me como uno de estos y así me guardo los míos! Es una idea genial, pensó Ulises mientras llamaba al vendedor,¿qué tienes?, tengo galletas joven, galleta de vainilla, de soda y chizito , anímese joven, lléveme algo. Puta madre, ni un solo chocolate, puras galletas de mierda… la solución se desvaneció con la misma rapidez con la que había aparecido, la disyuntiva volvió, ahora reforzada con el factor destino, hacia parecer inevitable comer un chocolate al llegar, no habían mas excusas, tenía que comerlo, a menos que pudiera encontrar algún otro pretexto para no hacerlo.
Minutos mas tarde, Ulises pensó en su padre, empezó a recordar con mucha rabia el episodio transcurrido esa misma mañana, cuando este le había pedido un chocolate y el se había negado a convidárselo. Hace siete meses que te trajiste esos chocolates de estados unidos, ¡no puede ser que todavía te duren! ¡Convídame pues! Hasta tu amigo Tristán me convidó algunos cuando volvieron… dijo su padre mitad en broma y mitad en serio. Pareces un ratón escondido en un rincón comiendo los chocolates que le roba a la vida. Ulises recordaba el episodio con una mezcla de rabia con vergüenza, esos chocolates representaban los últimos rezagos de su privacidad e independencia, eran suyos y nadie decidiría que se hacía con ellos, solo él tendría ese poder. Su padre no tenía derecho alguno a poner en duda su potestad, él no diferenciaba un chocolate del otro, se los comía de a dos juntos… un desastre, pensaba Ulises mientras se ofendía por haber sido comparado con Tristán, un devorador compulsivo de KitKats que, si bién era su mejor amigo y con quién compartía muchísimas opiniones, en cuanto al consumo de chocolates le parecía un inepto. El gordo ese se presentaba en su memoria fumado y envuelto en una docena de envolturas de KitKat y con una soberbia tremenda lo aleccionaba, Ulises, no seas huevón, si tienes ganas de comerte el chocolate, COMETELO! No le des mas vueltas! El verdadero ejercicio de poder y de libertad está en darles el uso que te de a ti la gana. Si quieres comerte cuatro, comete cuatro.
Al entrar en su cuarto Ulises puso sus ojos en el armario dentro del cual se encontraba el tesoro, decidió comerse dos kitkats juntos y a la mierda todo! Tomó uno con cada mano y se quedó estático mirando la bolsa que, de marzo a noviembre, había sobrevivido tan privada como valiosa y sujeta a múltiples obsesiones y pajas mentales. Esta bolsa se presentaba colmada de milky ways, chocolates hershey’s y uno que otro crunch, pero ya ningún KitKat, ni uno mas que los que sostenía él en cada una de sus manos. Eran los dos últimos y esto lo cambiaba todo, el último KitKat no podía ser consumido al mismo tiempo que el penúltimo, eso no tenía ninguna gracia, ¿que clase de despedida era esa? El disfrute de los dos chocolates se vería condicionado por el consumo del otro y esto le quitaría cualquier tipo de particularidad al momento. Ulises dejó caer uno de ellos sobre la bolsa y cerró el armario de golpe para luego caer tendido en la cama, abrió la envoltura del elegido y empezó a devorarlo con lentitud, disfrutando cada momento al máximo y muy contento con su decisión de descarte. Segundos después sintió una deformación en la parte posterior del chocolate, algo extraño en la textura de este, le dio vuelta rápidamente y vio como la galleta que rellena el KitKat estaba expuesta, estaba como raspado, mordido, roído para ser mas exactos. Las marcas eran bastante mas grandes que las de un ratón y mientras Ulises encontraba agujeros en el envoltorio vacío pensó que tendría que haber sido un ratón gigante el que habría ultrajado su botín. Empezó a revisar la bolsa solo para notar que todos estaban en las mismas condiciones, esto lo puso tremendamente triste, se sintió invadido, apagó la luz y se volvió a tirar en la cama a dormir para, exactamente dos horas después, levantarse sonámbulo, ir derecho al armario a buscar la bolsa y mordisquear los chocolates al ritmo del menear de su cada vez mas extensa cola.