martes, 10 de agosto de 2010

Jaime Ferraro y la gloria de ser un miserable

A mi los deportes nunca me han resultado realmente atractivos, entiendo que a mucha gente le relajen, le hagan mantener una buena salud y que también movilicen dentro de ellos sentimientos muy intensos de búsqueda de gloria. Lo que para los soldados en la antigüedad era pelear un guerra y hacerse famosos por sus hazañas, lo es hoy en día el deporte, o destacar en el deporte, lo que antes fue Aquiles, lo es hoy alguien como Cristiano Ronaldo, un tipo mas rápido que todos, mas fuerte que todos y que puede definir, el solo, un enfrentamiento entre países en donde están en juego el honor y los sentimientos de quienes los habitan, que es, de alguna manera, una guerra amistosa. Otro ejemplo es Roger Federer, una especie de Alejandro Magno que armado solo con su raqueta, se mueve por el mundo conquistando todos los países que pisa. Lo que me lleva a pensar que lo que estos tipos realmente buscan, es gloria, dinero también, pero eso ya lo tienen, en los primeros años de sus carreras han de haber acumulado mas de lo que necesitan… entonces me queda claro que el verdadero móvil es la gloria, el reconocimiento masivo ante su espectacular exhibición de sea cual fuere la disciplina que practican, pero son personas que también enfrentan situaciones de depresión o sufrimiento cuando no logran ser los mejores, básicamente porque creen que para tener gloria hay que ser el mejor y es ahí donde creo que están equivocados y yo! Jaime Ferraro junto con un grupo de miserables, fuimos en algún momento la prueba de su error.


El futbol es, duela a quien le duela, el mas importante de los deportes en el mundo y a mi particularmente me fascina, y si bien mas arriba dije que ningún deporte me llama la atención es porque a mi el futbol me atrapa porque además de ser un deporte es también un muy divertido juego, yo realmente jugaría futbol todo el día si es que no cansara, y como yo me canso en los primeros tres minutos, entonces no lo juego. Lo miro, eso si y bastante, lo analizo, lo discuto y lo disfruto muchísimo, pero esto no fue siempre así, yo antes odiaba el futbol así que antes de amarlo, intenté amar otros deportes que me ayudaran a consolidar mi condición de “antitodo” y el primer de ellos que intenté realmente fue el surf, y fue a los siete años que empezaron mis frustraciones con el mismo. Recuerdo que en el ultimo viaje a Miami que hicimos antes de que mis padres se separaran, estábamos mi padre y yo en un centro comercial, en una tienda de surf en donde encontramos una morey (como le llamamos los peruanos a los pedazos estos de corcho que otros conocen como “bodyboards”) recién salida al mercado, la “Match 10”, una espectacular pieza de la tecnología surfer que seria solo superada en el futuro por todas las demás moreys que salieran en los años siguientes. Tan cara como hermosa se posaba frente a mi y mi padre, como invitándome a que la desperdiciara en alguna de las playas cercanas a Ancón, donde solía pasar mis veranos. Mi padre y yo nos miramos y yo le dije “Papá, por el amor de neptuno, quién desde ahora será mi único dios, cómpramela” y el, al ver mi ansiedad por reclamar mi lugar en el olimpo surfer, me la compró. Pero fue tan solo minutos después, cuando yo me encontraba afuera de la tienda mientras mi padre pagaba, que se me acercó Carlos, mi hermano mayor, que con sus catorce años, tenia mas de estafador que de bombero y me lanzó la siguiente propuesta “oye, ¿que tal si en lugar de que tu tengas solo una morey, yo te doy la mía también y las compartimos? las dos moreys para los dos, ¿Qué dices? Y yo pensé “una morey, ¿o dos moreys? Aha, este es un estupido! Es la oportunidad del siglo! Acepto! Jaja huevón” así que acepté y pasé a ser dueño de una “Match 10” y además de otro pedazo de corcho inservible con cinco años de uso que mi hermano tenia guardado con telas de araña en el cuarto/deposito de atrás de la piscina de mi casa en Lima.

Algunos meses después, ya llegado el verano, era momento de probarme a mi mismo y a Neptuno que mi lugar era el mar con mi nueva “Match 10”, así que el primer sábado del verano, apenas desperté, corrí hacia el armario en donde la guardaba y al abrirlo lo encontré absolutamente vacío… mi hermano se había levantado algunas horas antes y se la había llevado ya a alguna playa… “mierda” pensé, me ganó, “claro, los surfers se levantan temprano para ir a la playa y yo levantándome a las 11 AM… bueno, da igual, usaré la otra, la vieja, ya otro día me tocará usar la nueva” – así que fui al cuarto de mi hermano a buscar la suya y grande fue mi sorpresa cuando de nuevo no encontré nada, resulta que mi hermano había decidido llevarse la mía y prestarle la suya a algún amigo… ahí si me invadió la rabia y decidí llevarme el skate de mi hermano y usarlo sin su permiso, como para equilibrar el karma. Nunca había intentado andar en skate antes pero no podía ser muy difícil, así que lo llevé a la calle y me subí pero resulta que el skate este tenia algún tipo de sistema defensivo moderno que me impedía poner los dos pies encima al mismo tiempo, a penas apoyaba el segundo, el skate salía hacia delante tirándome contra el suelo, hiriendo así no solo mi espalda sino mi autoestima. Me di por vencido.
Al final del verano, “heredé” Mi morey de manos de mi hermano, ya usada, con stickers y un corte de unos 5 centímetros en al parte inferior y decidí probar esto de una vez, todos los grandes deportistas tuvieron comienzos difíciles y no veía porque el mío debiera ser diferente, o sea que me junté con mis primos, quienes para mi eran unos profesionales del surf, y me fui a una playa muy apropiadamente llamada “infiernillo”. Lo que viví en este infierno pequeño fue dantesco, tanto que estoy seguro que de ser peruano, Dante no hubiese gastado tanto tiempo imaginando un infierno diferente, hubiese bastado con describir esta playa para aterrorizar a su lectores y hasta cambiar el titulo de la obra por “La Divina Tragedia”. Metido ya en el mar, con el wetsuit puesto y la “Match 10” debajo de mí, estaba listo para unirme con el mar, llegó la primera ola que cogí y todo salio de maravilla, me fui hasta la orilla de la playa con una destreza espectacular. Confiado ya y con el wetsuit lleno de arena, porque nadie me dijo que no había que ir hasta casi donde la gente toma el sol para bajarse de la ola, volví hasta adentro y esta vez me dirigí a donde estaban las olas mas grandes para domar una de ellas. Minutos después, vi que una ola monumental se venia encima mío y pensé “es agua, ¿Qué puede pasar? Y la agarré… dos segundos después sentí que caí de un segundo piso, la punta de la morey se clavó en la arena y la parte posterior en mi estomago, haciéndome perder todo el aire, aire que me era totalmente necesario pues inmediatamente después seria revolcado por unas tres olas que me dejaron en la orilla de la playa, lleno de arena, morado, dolorido, frustrado y absolutamente atemorizado de intentarlo de nuevo… ni me mires Neptuno, si tu eres dios, yo soy ateo.

Habiendo asumido que nunca seria (gracias a dios y a Neptuno) un surfer capaz de alcanzar la gloria, decidí dejarlo por completo y pasar a otras cosas. Un par de años después fue el turno del box. Mi hermano me había propuesto meterme a clases junto con mi primo y él, así que acepté, ¿que mas poético que el box? Un deporte en donde el hombre vuelve a su condición de animal, expresión pura! Seré boxeador!! Hemingway estaría orgulloso de mí! Genial, vamos! Mi mamá me compró unos guantes y vendas, como me imagino que deben de hacer las mamás de los grandes boxeadores y empecé mis clases de box. Transcurridas ya algunas semanas de entrenamiento en las cuales básicamente, tras unos cuantos minutos de aprender la técnica, nos dábamos de puñetazos entre nosotros, yo ya estaba listo para tocar la gloria boxística y ser la gran esperanza blanca!! O más bien entre rosado y rojo cuando me agitaba… pero era, en mi mente, la gran esperanza de algún color, la nueva figura poética del box hasta que ocurrió un hecho que me desanimaría por completo de seguir participando de este deporte. Al final de cada clase, el profesor nos juntaba en parejas de mas o menos el mismo tamaño para que nos masacrarnos a golpes, yo que para ese momento ya media lo que mido ahora o sea unos 190 centímetros de pura fuerza y velocidad (si, velocidad) solía enfrentarme a mi primo que era tan solo unos cuantos centímetros mas bajo que yo. Pero en ese día trágico, mi primo había faltado a clase por causa de un incidente eléctrico con su computadora que lo había dejado electrocutado y fuera de servicio por un par de días, así que el profesor me puso a pelear con un nuevo rival, uno no tan alto como yo y definitivamente menos fuerte. La pelea empezó, mi rival intentó golpearme con su mano derecha, yo me cubrí con mi izquierda y lancé un derechazo a la mandíbula que seria hasta hoy la envidia del mismismo Mike Tyson y lo mandé al suelo como si fuera un cadáver. Después de cinco segundos de silencio en los cuales mi rival no se movía y el profesor me miraba atónito, mi rival empezó a reaccionar para luego pasar, con sus catorce añazos de edad a llorar como una niña. Evidentemente la clase terminó ahí y yo me sentía un animal, totalmente abusivo, había, en este deporte, tenido una suerte diametralmente opuesta a la que tuve en el surf, me había demostrado a mi mismo que podía ganar, sin embargo esta probadita de gloria me supo tremendamente amarga, mi rival yacía humillado y adolorido en el suelo frente a mi y lo peor era que eso que él sentía era necesario para que yo pudiese sentirme ganador, sin embargo yo no estaba contento, me di cuenta que este era un deporte demasiado animal, que si el ser humano se había, en cierta medida, civilizado era por algo y que este deporte era una señal de que aun nos falta ser un poco mas humanos y limitar nuestros impulsos animales para actividades que no dañen a los demás. Sentí que talvez los boxeadores no se vuelven brutos, sino que ya lo eran desde un principio y colgué los guantes de manera definitiva.

Un par de años después, frente al televisor, me enamoré del futbol y empecé a ver todo el futbol que pudiera, pero básicamente a verlo, no a jugarlo, ya que en mi colegio había visto lo competitivo que era y esto no me atraía, veía a amigos míos gritarse y pelearse de la peor manera por un mal pase o por la falta de atención de algún miembro de su equipo, realmente no parecían disfrutar de este juego, como lo hacia yo las pocas veces que jugaba, hasta que algunt arado me gritara por fallar un gol o algo así. Y es que yo era malo para el futbol, o sea era malo deportivamente, pero en el juego era bueno, bueno porque yo jugaba, no competía, me divertía! Y no es que pretenda dar ese mensaje de que lo importante es participar! No, eso me parece realmente un cojudez, lo importante es pasarla bien, o sea, aprender a pasarla bien ya sea si se gana o se pierda, porque si vivimos en una cultura que vende que hay que ser siempre el mejor, entonces no podemos predicar que lo importante es participar, si vamos a tomar al que pierde como un fracasado entonces de manera inconciente estamos diciendo que no queremos perder de ninguna forma y lo otro suena simplemente a un tonto consuelo para el que no gana. Pero lo que yo quería era jugar en un equipo que no se preocupara por ganar, sino por hacer un espectáculo y divertirse, y conversando con Rodrigo Moreno, quien es uno de mis mejores amigos y quien detesta el futbol en cualquiera de sus expresiones, decidimos crear un equipo formado por gente que jugara mal, que fueran malísimos pero que disfrutaran del juego y ver si podíamos de alguna manera encontrar la gloria sin esfuerzo, sin calidad y solamente con diversión. Así que viendo que se acercaba un campeonato en el colegio en donde uno inscribía un equipo que formaba con amigos para jugar en los recreos, decidimos formar el peor equipo de toda la historia del colegio, un equipo de vagos desganados que no tuvieran ningún tipo de ambición deportiva y mucha ambición lúdica, un equipo de renegados que solo se dedicara a demostrarle al equipo rival que no importaba cuantos goles nos hicieran, nosotros la pasábamos mejor que ellos, seriamos lo mas parecido al vagabundo que vive bajo un puente y es mas feliz que el millonario en su mansión, así que Rodrigo decidió que en honor a dichos personajes, el equipo no podía tener otro nombre que “Les Miserables”, o como se le conoció popularmente: “Los Miserables” .

La convocatoria fue un éxito, la propuesta resultó divertida para muchos y se apuntaron a jugar, inclusive alguno buenos jugadores quisieron participar, pero por obvias razones fueron rechazados, en los miserables no había lugar para egos de ningún tamaño, había que ser genuinamente malo y conseguimos que los peores de todos se animaran a participar. El primer partido de “los miserables” fue un suceso, la gente corrió la voz y fuimos de lejos, el equipo con mas gente en la tribuna, aplaudían cada uno de nuestros malos pases, abucheaban cada uno de los goles que nos anotaban, que no eran pocos, porque los miserables no teníamos portero fijo, simplemente lo íbamos improvisando por turnos, tapaba el que quería, o en algunos momentos no tapaba nadie, también teníamos una jugada practicada que se llamaba “La Cortina de Hierro” en donde todos los miserables nos poníamos alrededor de la pelota e intentábamos entrar al arco rival con todo el equipo, pero nunca pudo ser llevada a cabo con éxito. Pero el momento real de gloria, llegó cuando anotamos nuestro primer gol, una jugada de muchos rebotes que termino en mi pierna izquierda y mandó la pelota al fondo del arco… estábamos como 6 goles abajo en el marcador, pero no importaba, la tribuna enloqueció en invadieron el campo haciendo imposible que el partido se reanudara… tocamos la gloria desde abajo, fuimos los mejores malos de la historia del futbol escolar. Los siguientes partidos de los miserables se desarrollaron de manera similar, hasta que dejamos de presentarnos a los partidos, ya la protesta estaba hecha y con el tiempo, cuando solo quedó la competencia, nos retiramos, no por la puerta grande, sino por la puerta nuestra, la puerta miserable y gloriosa del fracaso triunfal de haber sido totalmente ganadores en la derrota.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Amanecer

Jagger siente que el sentido de su existencia radica en la posibilidad de compartir sus sueños con quién los encarna, su tiempo con quién lo hace transcurrir y su alma con quién es, sin duda alguna, dueña de la misma.



Amanecer

Me descubro entre rumores de un frío nuevo
Entre la niebla vengativa de una alegría interesada
Sopla un viento testigo,
Me desdoblo en inviernos, injustos

Mi piel se entrega sin reparos, entre versos
Das canción a mis recuerdos y compones
Con el empezar de tu sonrisa, la melodía,
Feroz y tierna, de un verano nacido de tu vientre

Pides rastros de confianza, el tiempo se hace risas
Vienes entre pétalos de una flor generosa y viva
Tus parpados emiten la alegría que, expectante,
Se esconde en el laberinto de tu pecho

Y yo me hallo prisionero de un capricho divino
Del ir y venir de mañanas y tardes, tuyas y mías,
Del susurro cotidiano y curioso de tus besos,
De los míos.


Jagger