Día 1
21/02/2011
Hace mas de un mes, como parte de una compulsiva necesidad consumista y coleccionista, ni bien había leído unas cincuenta paginas de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami, decidí comprarme tres títulos mas de mismo autor quién, con solo esas cincuenta paginas, se había convertido en uno de mis favoritos. Uno de esos tres libros habla de cómo logró convertirse en un corredor de maratones, de la relación que lleva con el footing y de cómo lo vinculaba con el oficio de escritor. Murakami no predica nada pretencioso, no habla de técnicas y razonamientos que se puedan adaptar a todo el mundo, no son instrucciones de cómo correr ni de cómo escribir, es simplemente un relato sincero de su experiencia con la literatura y el footing.
Yo tengo veintinueve años, veintinueve años de vivir en pésima forma, tengo mucho sobrepeso, muy poca energía y muy poca disciplina, pero me encanta escribir, espero algún día poder vivir de la escritura o que en todo caso la escritura no me cause la muerte. Escribo esporádicamente, me limito muchísimo a la inspiración y son por lo general los recuerdos de situaciones extremas a las que me he visto enfrentado durante toda mi vida, las que me empujan a tomarlas y transformarlas a relatos, así que al leer de un tirón casi todo el libro del autor japonés titulado “De que hablo cuando hablo de correr” decidí que el universo me estaba comunicando algo, que para lograr la disciplina como autor, tenia que escribir siempre, que tendría que generar mas de estas situaciones extremas a las que me veo enfrentado, para contar así, con mas material para escribir y que la mejor manera, era correr. Para mi correr es extremadamente difícil, mi tamaño, mi sobrepeso y mi falta de antecedentes deportivos son un claro obstáculo en el camino, pero eso no me detendrá, hoy he decidido correr para poder escribir. He decidido que durante los próximos tres meses, pase lo que pase, piense lo que piense, sin importar cualquier razonamiento ultra coherente que mi cerebro pueda elaborar con la finalidad de sacarme de el camino, correré seis veces a la semana.
Hoy al volver del trabajo decidí que correría la vuelta a dos manzanas, llegué, me cambié de ropa, me puse unas All Stars, ya que no tengo mejores zapatillas para correr y pensando que si Chuck Taylor jugaba con esas, yo por ahora las puedo usar para correr, y salí.
De pie al frente de mi casa en Montevideo, con gafas oscuras para defenderme de la vergüenza que me genera que mis vecinos me vean correr, los headphones puestos y un disco de los Beastie Boys listo para sonar en el iPod, arranqué mientras los mejores raperos blancos de la historia repetían en mi cabeza “intergalactic, planetary, planetary, intergalactic” la energía me invadió, la velocidad y yo nos hicimos uno, y ya habiendo recorrido unos miserables veinte metros, me di cuenta de que estaba corriendo a una velocidad altísima, capaz de hacer sonrojar al mismísimo Usain Bolt, por supuesto, cinco segundos después sentí que me quería morir, tuve que bajar la velocidad dramáticamente, me di cuenta de que el rap este que sonaba en mi cabeza había sido capaz de llenar de energía mi mente, pero que mis piernas se encontraban muy muy lejos de mis audífonos y que no se habían dado por enteradas.
Ya con un ritmo bastante mas lento llegué a la mitad del recorrido, paradas en la vereda y, junto a una moto, se encontraban dos chicas bastante lindas conversando amenamente hasta que el espacio se vio violentado por este ser gigantesco que rebotaba y jadeaba al borde de la muerte a solo tres metros suyos, pensé en bajar el ritmo, no era un espectáculo presentable el que me encontraba dando, normalmente hubiera parado, pero pensé en que hay que correr para escribir, hay que seguir, pensé también en que tengo una novia bastante mas linda que esas dos estúpidas que estaban ahí, y que no podrían detenerme! “váyanse a la mierda!” les grité pasando a su lado y seguí con mi camino. Ese suceso en medio de mi carrera me llenó de energía y me alimentó lo suficiente como para llegar hasta el final. Ya en la puerta de mi casa, toqué el intercomunicador, intenté identificarme pero no tenia aire, Josefina me abrió la puerta sospechando que esa respiración moribunda no podía pertenecerle a nadie mas y yo subí a mi casa esperando el correr del segundo día.
Día 2
22/02/2011
Camino al trabajo leí unas cincuenta paginas mas del libro de Murakami, en ellas el hablaba de la concentración que requiere para escribir y de lo que normalmente piensa cuando corre, Murakami dice que si bien hay que tener talento para escribir, este talento no es nada sin la disciplina que requiere sentarse a exprimirlo. La inspiración es algo que a todos nos toma muchas veces por sorpresa y hay quienes pasamos muchísimo tiempo esperándola y somos casi incapaces de escribir sin ella, pocas veces he forzado la inspiración, pero en varias de esas ocasiones he notado que el resultado, si bien al comienzo no me era del todo satisfactorio, al pasar los días y al volverlos a leer, cambiaba de opinión y terminaba convencido de que dichos textos eran de los mejores que había escrito. También me pasó que muchas veces al intentar forzar la inspiración, sentía que mi escritura no fluía, que las ideas eran malas, me distraía fácilmente y terminaba dejando el texto a medias o inclusive borrando lo poco que había avanzado.
Hoy al volver del trabajo, Josefina se fue directamente a la casa y yo tuve que tomar otro autobús para ir a la estación central de Montevideo, recoger los papeles que nos enviaba la abogada y que necesitamos para dentro de dos días presentar en el ministerio de relaciones exteriores y obtener así la visa de trabajo. El camino de ida se me hizo largo, tardé un buen rato en encontrar la parada del autobús que debía tomar, una vez que lo tomé, me bajé a unas dos cuadras de la estación y caminé hasta ella. Una vez adentro de la estación de tres cruces, me dirigí a la oficina en donde había que recoger el sobre. Montevideo es una ciudad muy linda, su gente es muy amable y sobretodo atenta, pero la burocracia y la ineptitud es igual en todos lados (menos en España, donde es mucho peor) así que por culpa de un empleado incompetente tuve que esperar unos veinticinco minutos e insistir unas tres veces para que por fin el tipo se diera cuenta de que el sobre que buscaba si había llegado y que lo tenia en sus narices. Salí de la estación y caminé unas cuatro cuadras para tomar el autobús a casa, dicho bus me dejó a unas dos cuadras de la misma y cuando me hallaba en la puerta lo único en lo que podía pensar era en que había sido un día largísimo, que quería llegar a comer a casa y lo último que quería hacer era subir, cambiarme de ropa y volver a bajar para correr, pero pensé en que había que escribir y que para escribir había que correr, así que pensé que la vida no me detendría, la flojera no podría con mi necesidad de correr, así que con los bolsillos llenos de cosas, en zapatos, pantalón de traje y camisa, encendí mi iPod, busqué “Joey” de Concrete Blonde y arranqué.
Esta vez arranqué mas lento que con los Beastie boys, pero la pendiente en la que se encuentra la mitad del trayecto (pendiente de la cual cualquiera que haya corrido mas de dos veces en su vida se reiría) me empezó a causar dolor en los músculos de las canillas e hizo que esta corrida fuera mas difícil, pero al mismo tiempo me hizo pensar en que ese dolor era de ayer, que era de haber corrido ayer y que había ya dejado una marca en mi cuerpo, esto me llenó de orgullo y fuerza para terminar todo el circuito sin problemas. Al llegar a casa y mientras subía por el ascensor empecé a quitarme la camisa bañada en sudor y de pie frente a la puerta de mi casa, escuchando un tema de La Portuaria que Josefina tenia puesto adentro de la casa, me di cuenta de que el sobre que fui a buscar había desaparecido. Me inundó el pánico, me empecé a volver a poner la camisa y a bajar de nuevo en el ascensor. Al llegar a la calle me topé con un viento tremendo, en Montevideo siempre sopla el viento y empecé a pensar que el sobre ya bien podría estar flotando en el mar, arranqué el mismo recorrido y nada mas caminar cinco metros, lo encontré tirado en el suelo, el alma me volvió al cuerpo y pude dirigirme de nuevo a casa, a llegar por fin y a comerme las hamburguesas con puré de papas que me esperaban sobre la mesa.
Día 3
23/02/2011
Hoy es un día lluvioso en Montevideo, ha venido lloviendo desde que amaneció y esto naturalmente acrecienta las ganas de quedarse en casa y mirar la lluvia a través de la ventana, sin embargo hubo que ir a trabajar y en el trayecto me reuní una vez mas con el libro de Murakami. En lo que leí hoy mi buen amigo Haruki habla de “eso” que tenemos los escritores adentro que nos fuerza a vivir vidas no convencionales para toparnos con lo “real” y de esa forma conocer el mundo con el fin de describirlo y utilizarlo a nuestro gusto, dice también que a mucha gente le sorprende que el corra ya que no relacionan directamente a un escritor con la vida sana. Murakami sostiene que no tiene nada que ver una cosa con la otra, que dentro de la mente de un escritor pueden convivir la insania con la salud de una manera natural y que para poder tener la energía suficiente para poder canalizar esa locura y darle forma, no hay mejor método que albergarla en un cuerpo sano, disciplinado y lleno de energía. El no se compara con los deportistas empedernidos, se declara un amante de la cerveza y el Dunkin Donuts como lo soy yo también, pero lo que mas disfruto es su intención de dejar en claro que no es que disfruta necesariamente de correr por correr, lo disfruta por el placer que le da saber que dicho sacrificio está orientado a satisfacer otras necesidades de su existencia, es ahí en donde yo me identifico, me inspiro y logro también empezar a disfrutar de estas cortas carreras que hoy cumplen tres días. En esta parte del relato, Murakami cuenta, además de la historia de cuando corrió la ultra maratón de Japón que consta de cien kilómetros, cuenta también que al volver a Boston después de dicha carrera, no salió a correr durante muchos días por culpa de la lluvia. Yo al volver hoy caminando desde el autobús hasta casa y refugiándome bajo árboles y techos para no mojarme mucho, no podía pensar en otra cosa que en las pocas ganas que me genera correr nada mas volver del trabajo, y la lluvia me da la excusa perfecta para no hacerlo, pero ni bien me vi reflejado en la puerta de vidrio que inicia la entrada a mi edificio, me di cuenta de que no podía fallar, que hay que correr para poder escribir, así que subí a cambiarme y baje a los dos minutos totalmente preparado, encendí el iPod, invoqué a mi amigos de The Clash y al ritmo de “London Calling” arranqué, el ritmo del punk rockero de The Clash se compaginó perfectamente con mi ritmo de correr y la primera mitad del recorrido, la parte de la pendiente, se me hizo mucho mas fácil que en días anteriores. Al llegar a la mitad de camino me di cuenta de que mi rendimiento había mejorado, puede sonar ridiculo pero aunque sea solo el tercer día, me costó menos que los dos primeros. Al terminar el recorrido, ya en la puerta de mi casa y aun bajo la lluvia, pensé en Murakami metido en su casa, refugiandose de la lluvia, viendome pasar por afuera de su ventana y anotando en una pequeña pizarrita Jaime Ferraro 1 – Haruki Murakami 0.
Día 4
24/02/2011
“Welcome to the jungle, we’ve got fun ‘n’ games…” me grita en los oídos Axl Rose mientras yo arranco a correr, el ritmo me es aun mas fácil de llevar que ayer y sé que no me costará tanto esta vez completar mi recorrido. Yo dejé de fumar hace casi cinco años pero creo que es la primera vez que hago algo de deporte desde que dejé de ensuciar mis pulmones con el humo del cigarro y realmente siento como estos en estos cuatro días se han venido abriendo. Arranqué con un ritmo tranquilo, fijándome mucho en cuidar como apoyo el peso sobre mis rodillas, ya que las pobres deben estar desconcertadísimas con esta nueva situación y sé que es una de las partes del cuerpo que mas sufren. Aun no me compro zapatillas para correr, ese será mi premio al completar las primeras dos semanas de esta misión, aunque el verdadero premio fue la emoción que me colmó al darme cuenta de que estaba por llegar al final del recorrido y podía seguir corriendo. Y es que hoy corrí todo el día, Josefina y yo nos pedimos el día en el trabajo para completar los tramites de residencia legal, por supuesto que no los completamos aun gracias a la desesperante burocracia que gobierna en cualquier edificio del estado en cualquier país de Sudamérica, pero de todos modos nos pasamos el día entero yendo de un lado al otro intentando avanzar lo mas posible en el tramite y en todos los lugares en donde hubo que esperar nos hicimos acompañar por Haruki Murakami, Jose lee “Kafka en la orilla” novela que yo aun no he leído y yo continuo por un par de días mas con el libro en el que habla de correr y escribir, Murakami habla de cómo cuando le va llegando la edad le va costando cada vez mas entrenarse y mejorar sus tiempos, habla también de cómo ahora es un corredor mas introspectivo, de cómo al correr suele sentirse como si mirara dentro de un pozo oscuro hasta que se le revelan algunos conceptos y se le simplifican procesos mentales y creativos. Este libro ha sido una muy grata sorpresa para mi, ha superado largamente mis expectativas y me ha dejado realmente satisfecho, además de admirar a Murakami como escritor, también lo admiro como persona y como critico musical, el tipo sabe mucho de música y los trasmite a través de sus libros y por eso hoy, al leer el encabezado de un capitulo del libro que se titulaba “18 hasta que muera” casi me muero de la decepción ya que me di cuenta rápidamente que era la traducción del título de un disco de Brian Adams… lo cual me llevó a pensar que Murakami escuchaba a Brian Adams, ese patético músico canadiense que si bien colmó mi adolescencia con su pop meloso, ahora al remover la melancolía que me genera escuchar sus temas antiguos, no me queda mas que considerarlo una especie de niño-viejo empalagoso y realmente lorna. Pero decidí continuar con el libro ya que quería ver que era lo que realmente pasaba con esto de Brian Adams y felizmente, tras leer varias paginas, me topé con que dicho título si hacia referencia al disco del tipo este, pero para irónicamente burlarse de él, ya que es el nombre que Murakami le puso a su bicicleta simplemente para pensar en que las diferentes etapas de la vida tienen cada una sus virtudes y defectos y que la única manera de tener “18 hasta que muera” es si uno se muere a los 18.
Al final de mi trayecto pude caminar con mucho orgullo a la ferretería a comprar unos clavos para los cuadros de bandas de rock que estamos colgando en la sala de nuestra nueva casa y sentí que me encanta esto de mi nueva casa, del nuevo país en el que me encuentro y de la vida que empezamos a construir juntos Josefina y yo, así que cuando me comparo también con el estúpido que era a los 18 años, y pienso que el que quiere vivir en esa edad para siempre es un tanto patético, un tanto Brian Adams.
Día 5
25/02/2011
Hoy casi no leí, casi no trabajé y casi no salgo a correr, llegué cansado salimos temprano en la mañana a hacer algunos tramites, de ahí al trabajo saliendo del mismo a comprar un televisor para nuestra nueva casa. Al volver en el autobús pensaba en que hoy definitivamente no quería correr y la verdad tampoco tengo ganas de escribir, pero me imagino que de eso exactamente es de lo que se trata, de hacerlo hoy especialmente, en una día como este es donde uno aprende a sobreponerse a la falta de ganas y a fabricarlas, uno siente que su cuerpo se alimenta a través de los dedos y por el simple ejercicio de apretar estas teclas. Lo mismo sentí al correr, con cada paso me daban mas ganas de seguir, Mick Jagger me explicaba su simpatía por el demonio al oído y yo iba entendiendo que uno en esta actividad se puede concentrar y pensar, pensaba en la letra de ese tema de los Stones y concluí que debe haber sido fruto de uno de los momentos mas inspirados de la banda, la música es realmente atrapante, atemporal, inagotable y la letra es simplemente genial, una obra de ficción con tintes teatrales de una profundidad filosófica enorme y a la vez accesible. De todos mis temas favoritos, algunos entran y salen de la lista con mucha regularidad, pero estoy seguro de que “Sympathy for the Devil” no saldrá jamás. Con el correr de los días, se me venido haciendo esto cada vez mas fácil, ya no me falta el aire y no me agito tanto, esto ha hecho que por primera vez hoy pueda pensar libremente en algo que no sea la actividad que vine haciendo, lo cual me parece genial, además, ahora al terminar tengo mas energía que antes y creo que saldré a tomar unas cervezas por ahí, cosa que mañana tenga algo mas interesante que sudar y si es que logro conseguirme una resaca, por ahí que el esfuerzo se hace mas grande y le puedo imprimir alguna particularidad a mi primera corrida de sábado.
Día 6
27/02/2011
Ayer sábado no pude correr, entre la resaca, la playa y los compromisos que tenia para la noche, se me llenó la agenda del día, decidí no salir y salir hoy domingo, a pesar de que el reto que me impuse me permite descansar un día a la semana, no pude evitar sentir que de alguna manera fallaba, sentí que debía haber salido. Ayer la flojera me atacó, pero realmente me ataca todos los días, solo que ayer me tomé la licencia de dejarla ganar, pero sentir que para la flojera eso pudo haber sido un pequeño triunfo me molesta mucho y me hace pensar en que no se como voy a manejar este tema en las siguientes semanas.
Hoy Domingo si salí a correr, me levanté tarde en la mañana, limpiamos la casa, almorzamos y nos fuimos a la playa. Felizmente la playa del barrio de pocitos en Montevideo queda a dos cuadras de mi casa, nunca viví con una playa tan cerca y la verdad que es muy agradable, en lima uno veranea siempre lejos de casa, no es normal salir e ir a la playa ahí cerquita, no es que no hayan playas cerca, las hay, solo que las normas sociales con las que fui criado hacen que no sea para mi una costumbre ir a esas playas. En fin, en Montevideo realmente lo disfruto y junto a esa playa se extiende un malecón muy largo que aquí es conocido como “la Rambla”, lo cual me trae cierta nostalgia de mi vida en Barcelona, y en esa rambla corre mucha gente, corren los corredores de verdad y como yo no soy un corredor de verdad, pues aun no tengo derecho a correr por ahí, pero espero al finalizar el periodo de tres meses que constituye el reto inicial, terminar corriendo en la rambla junto a las playas vacías y debajo del cielo invernal. Ahora mientras culmino esta, la primera semana de mi reto personal y mientras reviso el texto antes de subirlo al blog, pienso en que es un reto difícil el que me he impuesto, pero ya pasó la primera semana, solo faltan once mas y espero sea cada vez mas fácil, gratificante y placentero, espero también que en un domingo como este la energía para correr salga de adentro mío y no tenga que alimentarme como hoy de AC/DC y su “highway to hell”.
domingo, 27 de febrero de 2011
jueves, 3 de febrero de 2011
Jaime Ferraro, las pistolas, las palomas y la ayahuasca
Yo tengo una fobia terrible a los pájaros, es algo que va mucho mas allá de mi control, la sola presencia de una paloma en el mismo lugar cerrado en el que me encuentre yo me llena de pánico, nubla mi mente y hace que solo piense en salir de ahí lo antes posible para evitar que mi corazón atraviese mi pecho y muera de un paro cardiaco. Me encantaría decir que tengo esta fobia desde que tengo uso de razón, talvez de esa forma podría eximirme de el sentimiento de culpa que me trae tenerla, ya que también soy conciente de que un tipo de un metro noventa como yo y de casi treinta años, se ve realmente ridículo cuando se desmorona ante la presencia de una inofensiva palomita, pero lamentablemente mi fobia tuvo origen en algún punto de mi vida. La prueba de ello es una foto en la que aparezco, a los cinco o seis años, en un parque en Miami que se llama el “Parrot Jungle” posando para la cámara con una sonrisa en la cara y dos gigantescos loros en cada uno de mis brazos extendidos. Mirar esa foto me genera un ansiedad terrible, es mas, el solo hecho de saber que esa foto existe, que ese momento fue real, me causa una incomodidad tremenda, en pocas palabras, me da mucho, pero mucho miedo. La clase de miedo que a uno normalmente le da el verse enfrentado a un situación de muerte inminente como cuando te apuntan con una pistola.
A mi no me gustan las armas de fuego, nunca me gustaron, considero que traen mucho mas violencia de la que evitan o remedian, pienso que una persona desde el momento en que se adueña de un arma de fuego vive siempre en función de usarla, es como tener un auto rápido, puedes circular por la calles con toda normalidad, pero nunca sentirás que le diste un uso real hasta que lo aceleras en serio. Las armas para mi cumplen el mismo principio, creo que el primer pensamiento que ocupa la mente de quien compra ha de ser el de dispararla, no necesariamente en contra de alguien, pero de dispararla, lo cual es ya de por si un acto agresivo y violento.
Cuando tenia unos cinco años, mi familia y yo vivíamos en el cuarto piso del edificio en cuyo primer piso vive hasta hoy mi abuela y recuerdo una noche, en la que mis hermanos y yo veíamos “The Sound of Music” con toda tranquilidad mientras mis padres, quienes aun no se habían divorciado, conversaban en la habitación contigua. Yo distraje mi vista por unos segundos de el televisor para mirar por la ventana y observar la figura oscura de un inmenso árbol que sale de la casa del vecino, en ese momento escuche el estruendo brutal de un disparo, disparo cuyo ruido hizo huir despavoridas a las decenas de palomas que dormían ese árbol y que me colmó de miedo. Al comienzo no sabia que había ocurrido pero luego de algunas llamadas telefónicas escuché que la casa de mi abuela había sido robada, habían entrado ladrones y la habían tenido en su cuarto encerrada junto con los empleados mientras robaban las cosas de valor que tenia. Al salir los ladrones, mi abuela avisó de lo ocurrido a mi tío, quién vivía en el segundo piso y quien con el afán de ahuyentar a los ladrones sacó su arma y dio un tiro al aire que condicionaría para siempre mi manera de percibir a las armas y a las aves.
Mas o menos unos dos años después a los ocho años, estaba pasando unos días en casa de mi padre quien al separase de mi madre se había ido a vivir al otro lado de la ciudad, cuando llegada la noche decidimos ir a alquilar algunas películas para ver los siguiente días, mi padre sacó algunas cosas de su armario mientras se alistaba para salir y yo, desde el sofá, pude ver en el fondo de su armario un enorme revolver y le pregunte ¿por qué no lo llevas? - ¿para que? Me contestó- puede ser peligroso llevar armas todo el tiempo-. Salimos, alquilamos las películas y al regreso mi padre decidió para en un cajero a sacar plata, se estacionó frente a el, bajó de la camioneta dejando su puerta abierta y se acercó a la maquina, a penas terminó se dio vuelta y pude ver como un hombre se acercaba a él, le pegaba un empujón y le agarraba los brazos. Yo no entendía que estaba pasando y repentinamente otro hombre se subió a la camioneta a mi lado, en el asiento del conductor, yo me asusté y baje rápidamente de la misma pero cuando había puesto ambos pies en el suelo, un tercer tipo me puso una pistola en la cara y me gritó que me detuviera. El miedo me inundo, inmediatamente sentí un liquido caliente que bajaba por mis piernas y mientras el tipo este me tomaba por el cuello y me subía al asiento trasero, solo atiné a sacarme el reloj y guardármelo en el entonces mojado calzoncillo. Una vez arriba del auto me hallé al lado de mi padre, estábamos los dos en el asiento trasero entre dos tipos armados, había uno adelante y otro en el asiento del chofer que mientras encendía el motor preguntaba insistentemente por algo llamado el trabagas, yo no tenia ni idea de que era (hasta ahora no lo tengo muy claro, algo de autos), mi padre respondía que no tenia trabagas, el tipo preguntaba entonces por el radar mientras agarraba el control para abrir la puerta del garage y lo agitaba, no se si había viajado desde el futuro y pensaba que era algún tipo de GPS o era pura paranoia suya, pero la tensión en el ambiente subía rápidamente mientras nos paseaban por zonas de Lima en las cuales yo nunca había estado antes. Todo esto se me hacia muy, muy extraño, veía a mi padre totalmente reducido por estos tipos, llevaban ametralladoras y granadas de guerra, pero lo que noté es que no tenia miedo, o sea, entendía que debía de tenerlo, mi cuerpo lo sentía evidentemente, si hasta me había meado en los pantalones, pero mi mente se hallaba tranquila, pensaba con frialdad, había pensado en quitarme el reloj y me arrepentía de no haberme arrancado la cadena de oro que llevaba en el cuello, cosas que para aquellos tipos eran de un valor casi nulo pero que para mi en ese momento representaban mis posesiones mas valiosas, pensaba si nos llevarían a un cuarto oscuro y nos mantendrían encerrados con solo un colchón en el suelo, pensaba que nos mantendrían a pan y agua, estaba convencido de que esto era un secuestro. Al cabo de unos minutos el copiloto empezó a decirle a mi padre que la camioneta la usarían para trasladar dinamita, que la encontraría unos días después tirada por algún lado, yo preguntaba que nos iban a hacer y ellos me decían que me quedara tranquilo que ya nos dejarían ir. Después de unos minutos nos bajaron del auto mientras nos apuntaban con las pistolas y uno de ellos me decía que no fuera a gritar, a lo que le respondí que no fuera tarado, que era obvio que no iba a gritar, y es que había llegado a un nivel de negación tal, que realmente ya no tenia miedo y hasta había perdido el respeto por el delincuente, mi mente había adoptado algún tipo de mecanismo de defensa a través del cual yo percibía la situación como si fuera parte de una película, como si no me encontrara en peligro alguno. Los tipos se fueron, mi padre y yo nos tomamos un taxi a su casa.
Al día siguiente volví a mi casa con mi mama, no sin antes pasar por una tienda a comprarme juguetes, escogí muñecos de Thor, The Punisher, Linterna Verde y Spiderman, con los que al llegar recreé la situación vivida la noche anterior pero con algunos cambios en la historia, específicamente cambiando la huida de los asaltantes por un final mas violento a manos de mis nuevos refuerzos.
Muchos años después, a los diecisiete, me encontraba volviendo del colegio en un taxi con unos amigos, uno de ellos estaba bastante disforzado y empezó a bajarse del auto en los semáforos para, metiendo medio cuerpo por la ventana del copiloto de otros autos, asustar a los choferes, hasta que una de sus victimas se nos puso luego adelante y cerrándonos el paso con su auto sacó un revolver, me apuntó al pecho ya que yo estaba en el asiento delantero y nos amenazó. El tipo se quedó mirándome a los ojos durante unos treinta segundos, de haber disparado la bala hubiese ido a parar directamente al medio de mi pecho, recuerdo que solo le decía – tranquilo, no pasa nada, ya está, tranquilo- pero lo que mas recuerdo es que en ese momento, no tenia miedo. Un tiempo después, cuando todavía vivía en Barcelona, me encontraba en la recepción del hotel en donde trabajaba cuando entro un tipo con acento y aspecto marroquí, me apuntó con una pistola y me dijo –abre la caja- yo dejé el libro que leía y me paré lentamente, el tipo me grito -¿a dónde vas?- ¿cómo que a donde voy? Le respondí, -a abrirte la caja- le di todo el dinero y un par de minutos después se había ido no sin antes meternos a mi y a mi jefe al ascensor. Otra vez la sensación de falta que me originaba no tenerle miedo a las armas me empezó a atormentar. Y no es que intente pasar por un macho desafiante que no le tiene miedo a nada, no, creo que si me vieran cerca de una paloma verían que soy cualquier cosa menos eso, basta con que alguien traiga una en sus manos para que yo salga corriendo hasta la siguiente cuadra, lo que aparentemente ocurría era que el miedo mío a las armas se había suprimido por alguna razón extraña, pero al mismo tiempo, en los días siguientes, caminando por un ciudad infestada de palomas como es Barcelona, se me hacia muy complicado lidiar con ellas, cuando habían muchas en alguna esquina, la sensación era como si me hallara caminando por un campo minado y que en cualquier momento una de estas minas podría estallar en un aleteo asesino que me mataría de un infarto.
Hace un par de meses, en Buenos Aires, junto a mi novia y mas gente decidimos hacer una sesión de ayahuasca, yo había escuchado que los efectos terapéuticos de dicha planta eran increíbles, que había buenas y malas sesiones, que uno se la podía pasar llorando o muy feliz, pero que valía la pena y yo pensé que después de años en terapia, habiendo por fin establecido que el miedo que le tengo a las aves era proporcionalmente inverso al que le tengo a las armas, decidí que me concentraría en eso.
La toma de ayahuasca no fue la mejor, nos dieron muy poco, nos cobraron mucho y no duró casi nada, en resumen, nos cagaron, pero las tres horas que estuve tirado en la oscuridad y meditando, el poco efecto que la planta tuvo en mi, me hizo ver una y otra vez la imagen de las palomas volando despavoridas en la oscuridad, escapando del árbol aquella noche en que entraron a robar a casa de mi abuela y me hizo llegar a la conclusión de que esa noche, las aves se llevaron el sonido del disparo con ellas y que cada vez que las veo volar, es como si alguien disparara a mi lado. No se si alguna vez supere esta fobia, espero hacerlo algún día, pero espero también que la forma en la que haya de superarla, que el método que utilice, no implique la presencia de pistolas o palomas porque realmente me daría mucho miedo, no se, talvez un poco mas de ayahuasca.
A mi no me gustan las armas de fuego, nunca me gustaron, considero que traen mucho mas violencia de la que evitan o remedian, pienso que una persona desde el momento en que se adueña de un arma de fuego vive siempre en función de usarla, es como tener un auto rápido, puedes circular por la calles con toda normalidad, pero nunca sentirás que le diste un uso real hasta que lo aceleras en serio. Las armas para mi cumplen el mismo principio, creo que el primer pensamiento que ocupa la mente de quien compra ha de ser el de dispararla, no necesariamente en contra de alguien, pero de dispararla, lo cual es ya de por si un acto agresivo y violento.
Cuando tenia unos cinco años, mi familia y yo vivíamos en el cuarto piso del edificio en cuyo primer piso vive hasta hoy mi abuela y recuerdo una noche, en la que mis hermanos y yo veíamos “The Sound of Music” con toda tranquilidad mientras mis padres, quienes aun no se habían divorciado, conversaban en la habitación contigua. Yo distraje mi vista por unos segundos de el televisor para mirar por la ventana y observar la figura oscura de un inmenso árbol que sale de la casa del vecino, en ese momento escuche el estruendo brutal de un disparo, disparo cuyo ruido hizo huir despavoridas a las decenas de palomas que dormían ese árbol y que me colmó de miedo. Al comienzo no sabia que había ocurrido pero luego de algunas llamadas telefónicas escuché que la casa de mi abuela había sido robada, habían entrado ladrones y la habían tenido en su cuarto encerrada junto con los empleados mientras robaban las cosas de valor que tenia. Al salir los ladrones, mi abuela avisó de lo ocurrido a mi tío, quién vivía en el segundo piso y quien con el afán de ahuyentar a los ladrones sacó su arma y dio un tiro al aire que condicionaría para siempre mi manera de percibir a las armas y a las aves.
Mas o menos unos dos años después a los ocho años, estaba pasando unos días en casa de mi padre quien al separase de mi madre se había ido a vivir al otro lado de la ciudad, cuando llegada la noche decidimos ir a alquilar algunas películas para ver los siguiente días, mi padre sacó algunas cosas de su armario mientras se alistaba para salir y yo, desde el sofá, pude ver en el fondo de su armario un enorme revolver y le pregunte ¿por qué no lo llevas? - ¿para que? Me contestó- puede ser peligroso llevar armas todo el tiempo-. Salimos, alquilamos las películas y al regreso mi padre decidió para en un cajero a sacar plata, se estacionó frente a el, bajó de la camioneta dejando su puerta abierta y se acercó a la maquina, a penas terminó se dio vuelta y pude ver como un hombre se acercaba a él, le pegaba un empujón y le agarraba los brazos. Yo no entendía que estaba pasando y repentinamente otro hombre se subió a la camioneta a mi lado, en el asiento del conductor, yo me asusté y baje rápidamente de la misma pero cuando había puesto ambos pies en el suelo, un tercer tipo me puso una pistola en la cara y me gritó que me detuviera. El miedo me inundo, inmediatamente sentí un liquido caliente que bajaba por mis piernas y mientras el tipo este me tomaba por el cuello y me subía al asiento trasero, solo atiné a sacarme el reloj y guardármelo en el entonces mojado calzoncillo. Una vez arriba del auto me hallé al lado de mi padre, estábamos los dos en el asiento trasero entre dos tipos armados, había uno adelante y otro en el asiento del chofer que mientras encendía el motor preguntaba insistentemente por algo llamado el trabagas, yo no tenia ni idea de que era (hasta ahora no lo tengo muy claro, algo de autos), mi padre respondía que no tenia trabagas, el tipo preguntaba entonces por el radar mientras agarraba el control para abrir la puerta del garage y lo agitaba, no se si había viajado desde el futuro y pensaba que era algún tipo de GPS o era pura paranoia suya, pero la tensión en el ambiente subía rápidamente mientras nos paseaban por zonas de Lima en las cuales yo nunca había estado antes. Todo esto se me hacia muy, muy extraño, veía a mi padre totalmente reducido por estos tipos, llevaban ametralladoras y granadas de guerra, pero lo que noté es que no tenia miedo, o sea, entendía que debía de tenerlo, mi cuerpo lo sentía evidentemente, si hasta me había meado en los pantalones, pero mi mente se hallaba tranquila, pensaba con frialdad, había pensado en quitarme el reloj y me arrepentía de no haberme arrancado la cadena de oro que llevaba en el cuello, cosas que para aquellos tipos eran de un valor casi nulo pero que para mi en ese momento representaban mis posesiones mas valiosas, pensaba si nos llevarían a un cuarto oscuro y nos mantendrían encerrados con solo un colchón en el suelo, pensaba que nos mantendrían a pan y agua, estaba convencido de que esto era un secuestro. Al cabo de unos minutos el copiloto empezó a decirle a mi padre que la camioneta la usarían para trasladar dinamita, que la encontraría unos días después tirada por algún lado, yo preguntaba que nos iban a hacer y ellos me decían que me quedara tranquilo que ya nos dejarían ir. Después de unos minutos nos bajaron del auto mientras nos apuntaban con las pistolas y uno de ellos me decía que no fuera a gritar, a lo que le respondí que no fuera tarado, que era obvio que no iba a gritar, y es que había llegado a un nivel de negación tal, que realmente ya no tenia miedo y hasta había perdido el respeto por el delincuente, mi mente había adoptado algún tipo de mecanismo de defensa a través del cual yo percibía la situación como si fuera parte de una película, como si no me encontrara en peligro alguno. Los tipos se fueron, mi padre y yo nos tomamos un taxi a su casa.
Al día siguiente volví a mi casa con mi mama, no sin antes pasar por una tienda a comprarme juguetes, escogí muñecos de Thor, The Punisher, Linterna Verde y Spiderman, con los que al llegar recreé la situación vivida la noche anterior pero con algunos cambios en la historia, específicamente cambiando la huida de los asaltantes por un final mas violento a manos de mis nuevos refuerzos.
Muchos años después, a los diecisiete, me encontraba volviendo del colegio en un taxi con unos amigos, uno de ellos estaba bastante disforzado y empezó a bajarse del auto en los semáforos para, metiendo medio cuerpo por la ventana del copiloto de otros autos, asustar a los choferes, hasta que una de sus victimas se nos puso luego adelante y cerrándonos el paso con su auto sacó un revolver, me apuntó al pecho ya que yo estaba en el asiento delantero y nos amenazó. El tipo se quedó mirándome a los ojos durante unos treinta segundos, de haber disparado la bala hubiese ido a parar directamente al medio de mi pecho, recuerdo que solo le decía – tranquilo, no pasa nada, ya está, tranquilo- pero lo que mas recuerdo es que en ese momento, no tenia miedo. Un tiempo después, cuando todavía vivía en Barcelona, me encontraba en la recepción del hotel en donde trabajaba cuando entro un tipo con acento y aspecto marroquí, me apuntó con una pistola y me dijo –abre la caja- yo dejé el libro que leía y me paré lentamente, el tipo me grito -¿a dónde vas?- ¿cómo que a donde voy? Le respondí, -a abrirte la caja- le di todo el dinero y un par de minutos después se había ido no sin antes meternos a mi y a mi jefe al ascensor. Otra vez la sensación de falta que me originaba no tenerle miedo a las armas me empezó a atormentar. Y no es que intente pasar por un macho desafiante que no le tiene miedo a nada, no, creo que si me vieran cerca de una paloma verían que soy cualquier cosa menos eso, basta con que alguien traiga una en sus manos para que yo salga corriendo hasta la siguiente cuadra, lo que aparentemente ocurría era que el miedo mío a las armas se había suprimido por alguna razón extraña, pero al mismo tiempo, en los días siguientes, caminando por un ciudad infestada de palomas como es Barcelona, se me hacia muy complicado lidiar con ellas, cuando habían muchas en alguna esquina, la sensación era como si me hallara caminando por un campo minado y que en cualquier momento una de estas minas podría estallar en un aleteo asesino que me mataría de un infarto.
Hace un par de meses, en Buenos Aires, junto a mi novia y mas gente decidimos hacer una sesión de ayahuasca, yo había escuchado que los efectos terapéuticos de dicha planta eran increíbles, que había buenas y malas sesiones, que uno se la podía pasar llorando o muy feliz, pero que valía la pena y yo pensé que después de años en terapia, habiendo por fin establecido que el miedo que le tengo a las aves era proporcionalmente inverso al que le tengo a las armas, decidí que me concentraría en eso.
La toma de ayahuasca no fue la mejor, nos dieron muy poco, nos cobraron mucho y no duró casi nada, en resumen, nos cagaron, pero las tres horas que estuve tirado en la oscuridad y meditando, el poco efecto que la planta tuvo en mi, me hizo ver una y otra vez la imagen de las palomas volando despavoridas en la oscuridad, escapando del árbol aquella noche en que entraron a robar a casa de mi abuela y me hizo llegar a la conclusión de que esa noche, las aves se llevaron el sonido del disparo con ellas y que cada vez que las veo volar, es como si alguien disparara a mi lado. No se si alguna vez supere esta fobia, espero hacerlo algún día, pero espero también que la forma en la que haya de superarla, que el método que utilice, no implique la presencia de pistolas o palomas porque realmente me daría mucho miedo, no se, talvez un poco mas de ayahuasca.
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