jueves, 3 de febrero de 2011

Jaime Ferraro, las pistolas, las palomas y la ayahuasca

Yo tengo una fobia terrible a los pájaros, es algo que va mucho mas allá de mi control, la sola presencia de una paloma en el mismo lugar cerrado en el que me encuentre yo me llena de pánico, nubla mi mente y hace que solo piense en salir de ahí lo antes posible para evitar que mi corazón atraviese mi pecho y muera de un paro cardiaco. Me encantaría decir que tengo esta fobia desde que tengo uso de razón, talvez de esa forma podría eximirme de el sentimiento de culpa que me trae tenerla, ya que también soy conciente de que un tipo de un metro noventa como yo y de casi treinta años, se ve realmente ridículo cuando se desmorona ante la presencia de una inofensiva palomita, pero lamentablemente mi fobia tuvo origen en algún punto de mi vida. La prueba de ello es una foto en la que aparezco, a los cinco o seis años, en un parque en Miami que se llama el “Parrot Jungle” posando para la cámara con una sonrisa en la cara y dos gigantescos loros en cada uno de mis brazos extendidos. Mirar esa foto me genera un ansiedad terrible, es mas, el solo hecho de saber que esa foto existe, que ese momento fue real, me causa una incomodidad tremenda, en pocas palabras, me da mucho, pero mucho miedo. La clase de miedo que a uno normalmente le da el verse enfrentado a un situación de muerte inminente como cuando te apuntan con una pistola.


A mi no me gustan las armas de fuego, nunca me gustaron, considero que traen mucho mas violencia de la que evitan o remedian, pienso que una persona desde el momento en que se adueña de un arma de fuego vive siempre en función de usarla, es como tener un auto rápido, puedes circular por la calles con toda normalidad, pero nunca sentirás que le diste un uso real hasta que lo aceleras en serio. Las armas para mi cumplen el mismo principio, creo que el primer pensamiento que ocupa la mente de quien compra ha de ser el de dispararla, no necesariamente en contra de alguien, pero de dispararla, lo cual es ya de por si un acto agresivo y violento.

Cuando tenia unos cinco años, mi familia y yo vivíamos en el cuarto piso del edificio en cuyo primer piso vive hasta hoy mi abuela y recuerdo una noche, en la que mis hermanos y yo veíamos “The Sound of Music” con toda tranquilidad mientras mis padres, quienes aun no se habían divorciado, conversaban en la habitación contigua. Yo distraje mi vista por unos segundos de el televisor para mirar por la ventana y observar la figura oscura de un inmenso árbol que sale de la casa del vecino, en ese momento escuche el estruendo brutal de un disparo, disparo cuyo ruido hizo huir despavoridas a las decenas de palomas que dormían ese árbol y que me colmó de miedo. Al comienzo no sabia que había ocurrido pero luego de algunas llamadas telefónicas escuché que la casa de mi abuela había sido robada, habían entrado ladrones y la habían tenido en su cuarto encerrada junto con los empleados mientras robaban las cosas de valor que tenia. Al salir los ladrones, mi abuela avisó de lo ocurrido a mi tío, quién vivía en el segundo piso y quien con el afán de ahuyentar a los ladrones sacó su arma y dio un tiro al aire que condicionaría para siempre mi manera de percibir a las armas y a las aves.

Mas o menos unos dos años después a los ocho años, estaba pasando unos días en casa de mi padre quien al separase de mi madre se había ido a vivir al otro lado de la ciudad, cuando llegada la noche decidimos ir a alquilar algunas películas para ver los siguiente días, mi padre sacó algunas cosas de su armario mientras se alistaba para salir y yo, desde el sofá, pude ver en el fondo de su armario un enorme revolver y le pregunte ¿por qué no lo llevas? - ¿para que? Me contestó- puede ser peligroso llevar armas todo el tiempo-. Salimos, alquilamos las películas y al regreso mi padre decidió para en un cajero a sacar plata, se estacionó frente a el, bajó de la camioneta dejando su puerta abierta y se acercó a la maquina, a penas terminó se dio vuelta y pude ver como un hombre se acercaba a él, le pegaba un empujón y le agarraba los brazos. Yo no entendía que estaba pasando y repentinamente otro hombre se subió a la camioneta a mi lado, en el asiento del conductor, yo me asusté y baje rápidamente de la misma pero cuando había puesto ambos pies en el suelo, un tercer tipo me puso una pistola en la cara y me gritó que me detuviera. El miedo me inundo, inmediatamente sentí un liquido caliente que bajaba por mis piernas y mientras el tipo este me tomaba por el cuello y me subía al asiento trasero, solo atiné a sacarme el reloj y guardármelo en el entonces mojado calzoncillo. Una vez arriba del auto me hallé al lado de mi padre, estábamos los dos en el asiento trasero entre dos tipos armados, había uno adelante y otro en el asiento del chofer que mientras encendía el motor preguntaba insistentemente por algo llamado el trabagas, yo no tenia ni idea de que era (hasta ahora no lo tengo muy claro, algo de autos), mi padre respondía que no tenia trabagas, el tipo preguntaba entonces por el radar mientras agarraba el control para abrir la puerta del garage y lo agitaba, no se si había viajado desde el futuro y pensaba que era algún tipo de GPS o era pura paranoia suya, pero la tensión en el ambiente subía rápidamente mientras nos paseaban por zonas de Lima en las cuales yo nunca había estado antes. Todo esto se me hacia muy, muy extraño, veía a mi padre totalmente reducido por estos tipos, llevaban ametralladoras y granadas de guerra, pero lo que noté es que no tenia miedo, o sea, entendía que debía de tenerlo, mi cuerpo lo sentía evidentemente, si hasta me había meado en los pantalones, pero mi mente se hallaba tranquila, pensaba con frialdad, había pensado en quitarme el reloj y me arrepentía de no haberme arrancado la cadena de oro que llevaba en el cuello, cosas que para aquellos tipos eran de un valor casi nulo pero que para mi en ese momento representaban mis posesiones mas valiosas, pensaba si nos llevarían a un cuarto oscuro y nos mantendrían encerrados con solo un colchón en el suelo, pensaba que nos mantendrían a pan y agua, estaba convencido de que esto era un secuestro. Al cabo de unos minutos el copiloto empezó a decirle a mi padre que la camioneta la usarían para trasladar dinamita, que la encontraría unos días después tirada por algún lado, yo preguntaba que nos iban a hacer y ellos me decían que me quedara tranquilo que ya nos dejarían ir. Después de unos minutos nos bajaron del auto mientras nos apuntaban con las pistolas y uno de ellos me decía que no fuera a gritar, a lo que le respondí que no fuera tarado, que era obvio que no iba a gritar, y es que había llegado a un nivel de negación tal, que realmente ya no tenia miedo y hasta había perdido el respeto por el delincuente, mi mente había adoptado algún tipo de mecanismo de defensa a través del cual yo percibía la situación como si fuera parte de una película, como si no me encontrara en peligro alguno. Los tipos se fueron, mi padre y yo nos tomamos un taxi a su casa.

Al día siguiente volví a mi casa con mi mama, no sin antes pasar por una tienda a comprarme juguetes, escogí muñecos de Thor, The Punisher, Linterna Verde y Spiderman, con los que al llegar recreé la situación vivida la noche anterior pero con algunos cambios en la historia, específicamente cambiando la huida de los asaltantes por un final mas violento a manos de mis nuevos refuerzos.

Muchos años después, a los diecisiete, me encontraba volviendo del colegio en un taxi con unos amigos, uno de ellos estaba bastante disforzado y empezó a bajarse del auto en los semáforos para, metiendo medio cuerpo por la ventana del copiloto de otros autos, asustar a los choferes, hasta que una de sus victimas se nos puso luego adelante y cerrándonos el paso con su auto sacó un revolver, me apuntó al pecho ya que yo estaba en el asiento delantero y nos amenazó. El tipo se quedó mirándome a los ojos durante unos treinta segundos, de haber disparado la bala hubiese ido a parar directamente al medio de mi pecho, recuerdo que solo le decía – tranquilo, no pasa nada, ya está, tranquilo- pero lo que mas recuerdo es que en ese momento, no tenia miedo. Un tiempo después, cuando todavía vivía en Barcelona, me encontraba en la recepción del hotel en donde trabajaba cuando entro un tipo con acento y aspecto marroquí, me apuntó con una pistola y me dijo –abre la caja- yo dejé el libro que leía y me paré lentamente, el tipo me grito -¿a dónde vas?- ¿cómo que a donde voy? Le respondí, -a abrirte la caja- le di todo el dinero y un par de minutos después se había ido no sin antes meternos a mi y a mi jefe al ascensor. Otra vez la sensación de falta que me originaba no tenerle miedo a las armas me empezó a atormentar. Y no es que intente pasar por un macho desafiante que no le tiene miedo a nada, no, creo que si me vieran cerca de una paloma verían que soy cualquier cosa menos eso, basta con que alguien traiga una en sus manos para que yo salga corriendo hasta la siguiente cuadra, lo que aparentemente ocurría era que el miedo mío a las armas se había suprimido por alguna razón extraña, pero al mismo tiempo, en los días siguientes, caminando por un ciudad infestada de palomas como es Barcelona, se me hacia muy complicado lidiar con ellas, cuando habían muchas en alguna esquina, la sensación era como si me hallara caminando por un campo minado y que en cualquier momento una de estas minas podría estallar en un aleteo asesino que me mataría de un infarto.

Hace un par de meses, en Buenos Aires, junto a mi novia y mas gente decidimos hacer una sesión de ayahuasca, yo había escuchado que los efectos terapéuticos de dicha planta eran increíbles, que había buenas y malas sesiones, que uno se la podía pasar llorando o muy feliz, pero que valía la pena y yo pensé que después de años en terapia, habiendo por fin establecido que el miedo que le tengo a las aves era proporcionalmente inverso al que le tengo a las armas, decidí que me concentraría en eso.
La toma de ayahuasca no fue la mejor, nos dieron muy poco, nos cobraron mucho y no duró casi nada, en resumen, nos cagaron, pero las tres horas que estuve tirado en la oscuridad y meditando, el poco efecto que la planta tuvo en mi, me hizo ver una y otra vez la imagen de las palomas volando despavoridas en la oscuridad, escapando del árbol aquella noche en que entraron a robar a casa de mi abuela y me hizo llegar a la conclusión de que esa noche, las aves se llevaron el sonido del disparo con ellas y que cada vez que las veo volar, es como si alguien disparara a mi lado. No se si alguna vez supere esta fobia, espero hacerlo algún día, pero espero también que la forma en la que haya de superarla, que el método que utilice, no implique la presencia de pistolas o palomas porque realmente me daría mucho miedo, no se, talvez un poco mas de ayahuasca.

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