domingo, 29 de mayo de 2011

El correr del día – Reporte final


Mientras pasaba al lado de la caseta del guardián, que me mira desconcertado todos los días cuando corro, la música repentinamente paró. El cable de mis audífonos  se enganchó en mi brazo y se desconectó del iPod sin tener por mí la mas mínima consideración, dejándome sin mas fleet foxes y a merced de los ruidos de la calle. Me detuve y pensé en volver a conectarlo, ya que aun me faltaba unos minutos para llegar al final del recorrido, pero justo cuando estaba por hacerlo, note que al seguir teniendo puestos los audífonos, todo lo que podía oír era el palpitar de mi corazón y el ritmo en el que estaba respirando. Sin quitarme los audífonos ni volver a poner play empecé a correr de nuevo, escuchando los ruidos que hace mi cuerpo cuando corro, sentía el impacto de mis piernas contra el suelo, el pasar del aire por mi garganta, sentía también como se inflaban y desinflaban mis pulmones. Este era, sin lugar a dudas, un concierto sinfónico hermoso, me hallé ante la banda sonora de la película orgánica basada en los tres meses del reto que me propuse a cumplir, y cuyo fin se presentaba a tan solo dos cuadras de distancia. He cumplido largamente el reto inicial, no solo porque corrí seis veces a la semana durante tres meses, si no también porque me acostumbré a hacerlo, logré convertirlo en una necesidad, y además porque fui aumentando el recorrido de manera periódica hasta llegar a cuatro veces la distancia inicial. Todo esto me llena de orgullo, pero al mismo tiempo me lleva a pensar que adquirí una responsabilidad que ahora no podré dejar de lado, pienso que si no sigo corriendo, que si no sigo escribiendo y que si no sigo progresando en los dos campos, esta “primera piedra” no será mas que un simple pedazo de roca tirado en el enorme campo del fracaso y la frustración. Es evidente que no queda otra alternativa, hay que convertir esta actividad en un habito, para de esta forma, hacer que lo que alguna vez se presentó delante de mi como un camino, con punto de partida y destino, se convierta ahora en un recorrido circular e infinito. Llegó la hora de dejar de pensar en los pasos que voy dando y esos pasos que alguna vez constituyeron para mi un logro, serán ahora un recuerdo casi inconsciente, algo así como la primera vez que uno respira, un acto automático pero a la vez vital.

Además de la evolución del recorrido y de la adquisición de cierta disciplina, han existido otros avances, mi cuerpo se ha visto reducido en volumen, he perdido algunos kilos, la verdad no se cuantos, no se cuanto peso ahora ni lo sabía al empezar, pero digamos que dejando de lado la balanza y utilizando instrumentos de medida mas benevolentes, como los huecos del cinturón, pude notar con mis propios ojos y con los de los demás, que existe un cambio. Tengo que admitir que esta pérdida de peso no es del todo merito mío, la responsabilidad es compartida en medidas casi equivalentes con otros dos factores. El primero de ellos es el mate, esta costumbre extraña que me presentó Josefina allá en Barcelona pero que ya aquí en Montevideo se ha transformado también en un lindo habito que compartimos ella, yo y el 99.9% de las personas que habitan este país. Es impresionante la devoción con la que se lleva acabo dicho ritual y lo contagioso que puede llegar a ser. Aquí la gente al nacer tiene un termo bajo un brazo y bajo el otro, el libro de reglas (un tanto fachistas) para el consumo del mate, reglas que uno se ve obligado a cumplir así no quiera, ya que esta es una actividad colectiva que implica ciertas obligaciones ineludibles. Pero una vez que uno entra de lleno en esta dinámica (digamos, se apega al régimen) no puede evitar admirar el ejercicio de buena onda que constituye cebar el mate y pasarlo.
El otro factor, mucho mas importante e infinitamente mas lindo, es Josefina, no solo porque me enseño a tomar mate, sino porque a través del cariño, el ejemplo y la cocina, me enseñó a comer mejor. Cuando digo comer mejor no me refiero ni a comer mas rico (cosa que a un peruano no se le puede enseñar), tampoco hablo de dietas macrobióticas estilo John y Yoko, porque los dos comemos alfajores, pizzas y demás, hablo de dejar de ponerle a la comida esa responsabilidad de hacerlo a uno feliz. Yo sigo siendo feliz cuando como, pero esa felicidad no tiene nada que ver con lo que como, cuanto como o de la manera en la que lo hago, es una felicidad real. Mi vida tiene, como la de todos, una carga importante de problemas a resolver, dificultades que a veces nos pueden resultar desalentadoras y que pueden reducirnos a las versiones mas insignificantes de nosotros mismos. Pero soy feliz, básicamente porque descubrí que dicho sentimiento radica en tener las herramientas para resolver dichos problemas y también en que cuando dicha resolución es imposible, entonces las felicidad está en poder compartir esas derrotas con quién te quiere a pesar de ellas. Para mí hay ciertas cosas de la vida diaria que constituyen un esfuerzo, pero al mismo tiempo estoy logrando que dicho esfuerzo deje de tener la connotación negativa que alguna vez tuvo dentro de mí y eso se lo debo a ella. Pero dejando de lado las incontenibles declaraciones de amor por Josefina y el mate, quisiera agradecer a los otros auspiciadotes que hicieron que mi (para algunos) insignificante reto se hiciera realidad. Primero quiero mencionar la excelentísima labor que durante muchas jornadas realizo el hermoso par de Chuck Taylors con las que corrí en un principio, zapatillas que tras unas merecidas y ventilantes vacaciones en la terraza de mi casa, han regresado al rol de prenda de uso social, eso si, con la frente en alto y la suelas orgullosamente desgastadas. En segundo lugar quisiera agradecer a Movistar por hacerme llegar a través de uno de mis cuñados una camiseta blanca con la que corro diariamente evitando así el desgaste de mi hermoso polo de los stones que sobrevive desde el año 2003 y con el que corrí en un principio. Y finalmente a mi madre por regalarme unas hermosas zapatillas para correr que hacen que el recorrido sea mucho mas placentero, tanto que de haberlas recibido al comienzo, me hubiesen desbordado de optimismo, y hubiesen hecho que el reto no hubiese sido de tres meses sino de un año, ya que tres meses no son nada corriendo con ese par de nubecitas envolviendo mis pies. Así que dicho todo esto me despido y me voy a correr, actividad a la que ahora en lugar de ejercicio, percibo mas bien como una especie de paseito acelerado.

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