miércoles, 25 de abril de 2012

Tristán e Isolda

El baño era bastante pequeño, yo tenía que agacharme un poco para poder entrar y poder mear tranquilo, estaba bastante sucio también, daba la impresión de no haber sido limpiado en mucho tiempo. Me acerqué al inodoro con la intención de llevar a cabo mi misión y cuando me disponía a levantar la tapa, noté que esta se encontraba en un estado bastante lamentable  en cuanto a higiene y el asco que me generaba impedía que la tocara. Tras cuatro a cinco segundos de contemplarla, decidí que mearia en el lavatorio, era mi única opción ante tan repugnantes condiciones higiénicas, asi que eso hice. Me encontraba listo para salir cuando empecé a oir el estruendo que causan los vidrios al romperse y al caer, me di vuelta y vi una mano que rompía los pedazos de vidrio que se aferraban al borde de la ventana usando una cuchara de plata de regular tamaño, un tanto mas grande que las que se usan para tomar sopa. Mi primera reacción fue llevarme un susto, luego empecé a notar que dicha mano era de mujer y me tranquilicé un poco. Segundos después, una cara increíblemente hermosa se asomaba por la ventana y me miraba fijamente diciendo, ¿me ayudas a entrar?. Después de las tres o cuatro centésimas de segundo en las cuales estuve paralizado, me acerque, sin ningún asco permití que el borde de tan inmundo inodoro tocara el costado de mi pierna y la ayudé a entrar por la ventana. Mientras ella subía e ingresaba a mi universo privado de mear alternativo, pensé en que hacía dos segundos me gustaba, que al ayudarla a subir, un segundo mas tarde, solo podía pensar en lo linda que era y que para el momento en que ya puso des pies adentro del baño, estaba totalmente enamorado.

Hola, me llamo Isolda, me dijo y yo me quedé perplejo segundos después exclamé Tristán, yo me llamo Tristán…¿por que tienes esa cuchara de plata? Pregunté pasando por alto el hecho de que la acababa de ayudar a entrar por la ventana del baño de un bar que tenía las puertas abiertas.
La cargo por protección, me la regaló mi abuela, es para defenderme en la calle, el gas pimienta huele mal y seguro contamina, o sea que yo prefiero esto, ¿viste? Me dijo con un hermoso acento que intuí argentino y que no hizo mas que ahondar el ya profundo amor que estaba sintiendo desde hacia ya muchísimas centésimas de segundo. Bueno, ¿salimos? Me dijo después y se dirigió hacia la puerta. Espera le dije, dime porque has entrado por la ventana si la puerta está abierta. Porque odio llegar a los bares cuando la fiesta está empezada, por eso si entro desde el baño, me es mas facil convencerme de que ya hace rato que estoy aquí y los procesos sociales se me hacen mas simples y llevaderos… no se, es una costumbre que tengo hace tiempo. Isolda salió del baño y yo me quedé pensando unos treinta segundos para luego salir también en su búsqueda y encontrarla ya enfrascada en una conversación con un grupo de tres o cuatro personas. La miré por un rato, de lejos, disimulando un poco, para no evidenciar lo estúpido que me dejaba el verla reir.

Quería invitarle una cerveza, pero no tenía dinero y quedarse solo en un bar sin dinero es algo bastante difícil. Estaba yo sentado en una esquina, solo, sin tomar nada, mirándola de lejos e intentando disimularlo para que al verme no pensara que soy un freak acosador que se sienta en bares solo a contemplar mujeres exactamente de la manera en la que yo la miraba a ella. Minutos después vi que se preparaba para irse con unas amigas que la acompañaban y la ansiedad empezó a consumirme, si la dejaba partir no la volvería a ver nunca y eso me aterraba. Me paré de golpe y fui cerca de la puerta, como para encontrarnos casualmente y cuando pasó a mi lado la miré a los ojos, sonrió y me dijo ¿porqué no me invitas una birra? Es que me quedé sin dinero dije, no importa, la pago yo me dijo mientras ponía un billete arrugado en mi mano y con la cara me hacia señas de que me diera vuelta y la pidiera, así que eso hice. Segundos después, en el momento en el que recibía las dos cervezas que tenían la misión de ser el elixir ritual de nuestro amor venidero y mientras pensaba en los temas de conversación que debía abordar, escuché a una de sus amigas decirle ¡Is nos vamos, llegó el taxi! ¿ah ya lo pidieron respondió ella? Se dio vuelta y me dijo disculpame, la dejamos para otro día, me tengo que ir. Y eso, se fue y yo me quedé estúpido por unos minutos hasta que escuché a la camarera decirme, tío, son cuatro euros, salí de mi estupor metiendo mi mano al bolsillo y sacando el billete que me había dado Isolda para notar que era un billete de Monopolio, un billete de juguete con el que no se podía pagar nada, salvo el derecho a recibir todo el amor que la vida había puesto en mi y que ahora pensaba darle.

Espérame un minuto le dije a la camarera y me fui hacia el baño a pensar como carajo haría yo ahora para pagar esas birras que Isolda en teoría me había invitado y cuando estaba parado ahí adentro, con mi pierna rozando el asqueroso water, miré la ventana rota que me invitaba a escapar y pensé que Isolda, de alguna forma extraña, había pagado la cuenta rompiendo esos vidrios y regalándome un escape, poco convencional pero tremendamente poético. Poético y sangriento también ya que al trepar hacia fuera me hice un profundo corte en la mano derecha cuyo sangrado me acompañó todo el camino a casa y no hizo mas que hacerme pensar en la manera como latía mi corazón y cuanta sangre, haba sido esta mujer capaz de robarme con tan pocas palabras.

Habían pasado ya varios días desde encuentro poético y sangriento y la secuencia de imágenes seguía alojada en mi cabeza, presente y tan intensa como el dolor del corte que tenia en la mano. Un dolor que me hacia pensar en ella, que me hacia imaginar esa punta de vidrio entrando en mi mano, violentando mi existencia para modificarla de manera permanente , que me hacia sonreír al pensar que un poco de sangre era un precio muy bajo a pagar por haberla conocido y que con todo gusto hubiese seguido pagando hasta quedarme inconsciente. Había ido unas tres veces al Rosal, el bar del paseo del borne en donde nos conocimos, pero solo a mirar desde afuera ya que tenía miedo de que la camarera me viera y reconociera como el tipo que dejó las cervezas impagas y que rompió un vidrio para escaparse por la ventana del baño. Hasta ahora Isolda no había aparecido por ahí, lo cual me resultaba extraño ya que el Borne en Barcelona es un barrio que funciona como una especie de ghetto Argentino y todos vuelven tarde o temprano, pero no Isolda. Llegué a pensar que talvez ya se había ido, que probablemente no vivía en Barcelona, eso pasa mucho también, podía ser que solo hubiera pasado por ahí de visita a alguna amiga y tras solo algunos días ya estuviera en alguna otra ciudad, rompiendo los vidrios de los baños con su cuchara de plata y dejando a algún otro tarado, como un freak, esperándola en un bar sin saber que nunca volvería a verla. Pensaba que no debí haberla dejado escapar ese día, que por lo menos me habría sacado la duda de si ese encuentro había sido en realidad así de intenso, o si ahora solo se multiplicaba en intensidad por su condición de efímero y su insistencia en reaparecer y tener secuestrada mi memoria. Pero bueno, había que dejar de pensar en ella, había que dejarle a la vida hacer su trabajo, si la volvía ver, pues sería genial y si no, pues que pena. Ese era el pensamiento con el que yo trataba de darle calma a mi ansiedad mientras volvía desde el borne en un autobús hacia mi casa. El 119 subía por la Vía Layetana conmigo en el fondo y dos o tres personas mas. Yo llenaba mi cabeza de música para distraerme un poco, cosa que no funcionaba ya que todos los temas me hacían imaginármela a ella cuado de pronto el autobús paró junto al Arc de triomf y se subió Isolda, me quedé helado, no sabía que hacer, Luis Alberto Spinetta en mis oído, junto a Pescado rabioso me decía “… yyyyy si la ves pasar y no hablas…” y yo automáticamente ya me había puesto de pie, ella no me había visto y se había sentado en la parte de adelante, avancé dos pasos y frené en seco. No sabía que hacer, me hallaba consumido por el miedo y la duda, miré la puerta del autobús a mi lado y pensé en bajarme, en no matar l ilusión con una decepción, pero en ese momento me di cuenta que pensar mucho nunca me llevó a nada, que esto tenía que llevarlo a cabo si o si, de lo contrario me pasaría el resto del la vida arrepintiéndome. Frené el iPod, cambié de canción, puse “queen Jane  aproximatedly” de Bob Dylan, me senté a su lado, me miró, le saqué los audífonos, le puse los míos y la miré a los ojos, dos segundos después me dio el primer beso de la historia del universo nuevo, que acabábamos de crear.