El baño era bastante pequeño, yo tenía que agacharme un poco para
poder entrar y poder mear tranquilo, estaba bastante sucio también, daba
la impresión de no haber sido limpiado en mucho tiempo. Me acerqué al
inodoro con la intención de llevar a cabo mi misión y cuando me disponía
a levantar la tapa, noté que esta se encontraba en un estado bastante
lamentable en cuanto a higiene y el asco que me generaba impedía que la
tocara. Tras cuatro a cinco segundos de contemplarla, decidí que mearia
en el lavatorio, era mi única opción ante tan repugnantes condiciones
higiénicas, asi que eso hice. Me encontraba listo para salir cuando
empecé a oir el estruendo que causan los vidrios al romperse y al caer,
me di vuelta y vi una mano que rompía los pedazos de vidrio que se
aferraban al borde de la ventana usando una cuchara de plata de regular
tamaño, un tanto mas grande que las que se usan para tomar sopa. Mi
primera reacción fue llevarme un susto, luego empecé a notar que dicha
mano era de mujer y me tranquilicé un poco. Segundos después, una cara
increíblemente hermosa se asomaba por la ventana y me miraba fijamente
diciendo, ¿me ayudas a entrar?. Después de las tres o cuatro centésimas
de segundo en las cuales estuve paralizado, me acerque, sin ningún asco
permití que el borde de tan inmundo inodoro tocara el costado de mi
pierna y la ayudé a entrar por la ventana. Mientras ella subía e
ingresaba a mi universo privado de mear alternativo, pensé en que hacía
dos segundos me gustaba, que al ayudarla a subir, un segundo mas tarde,
solo podía pensar en lo linda que era y que para el momento en que ya
puso des pies adentro del baño, estaba totalmente enamorado.
Hola, me llamo Isolda, me dijo y yo me quedé perplejo segundos
después exclamé Tristán, yo me llamo Tristán…¿por que tienes esa cuchara
de plata? Pregunté pasando por alto el hecho de que la acababa de
ayudar a entrar por la ventana del baño de un bar que tenía las puertas
abiertas.
La cargo por protección, me la regaló mi abuela, es para defenderme
en la calle, el gas pimienta huele mal y seguro contamina, o sea que yo
prefiero esto, ¿viste? Me dijo con un hermoso acento que intuí argentino
y que no hizo mas que ahondar el ya profundo amor que estaba sintiendo
desde hacia ya muchísimas centésimas de segundo. Bueno, ¿salimos? Me
dijo después y se dirigió hacia la puerta. Espera le dije, dime porque
has entrado por la ventana si la puerta está abierta. Porque odio llegar
a los bares cuando la fiesta está empezada, por eso si entro desde el
baño, me es mas facil convencerme de que ya hace rato que estoy aquí y
los procesos sociales se me hacen mas simples y llevaderos… no se, es
una costumbre que tengo hace tiempo. Isolda salió del baño y yo me quedé
pensando unos treinta segundos para luego salir también en su búsqueda y
encontrarla ya enfrascada en una conversación con un grupo de tres o
cuatro personas. La miré por un rato, de lejos, disimulando un poco,
para no evidenciar lo estúpido que me dejaba el verla reir.
Quería
invitarle una cerveza, pero no tenía dinero y quedarse solo en un bar
sin dinero es algo bastante difícil. Estaba yo sentado en una esquina,
solo, sin tomar nada, mirándola de lejos e intentando disimularlo para
que al verme no pensara que soy un freak acosador que se sienta en bares
solo a contemplar mujeres exactamente de la manera en la que yo la
miraba a ella. Minutos después vi que se preparaba para irse con unas
amigas que la acompañaban y la ansiedad empezó a consumirme, si la
dejaba partir no la volvería a ver nunca y eso me aterraba. Me paré de
golpe y fui cerca de la puerta, como para encontrarnos casualmente y
cuando pasó a mi lado la miré a los ojos, sonrió y me dijo ¿porqué no me
invitas una birra? Es que me quedé sin dinero dije, no importa, la pago
yo me dijo mientras ponía un billete arrugado en mi mano y con la cara
me hacia señas de que me diera vuelta y la pidiera, así que eso hice.
Segundos después, en el momento en el que recibía las dos cervezas que
tenían la misión de ser el elixir ritual de nuestro amor venidero y
mientras pensaba en los temas de conversación que debía abordar, escuché
a una de sus amigas decirle ¡Is nos vamos, llegó el taxi! ¿ah ya lo
pidieron respondió ella? Se dio vuelta y me dijo disculpame, la dejamos
para otro día, me tengo que ir. Y eso, se fue y yo me quedé estúpido por
unos minutos hasta que escuché a la camarera decirme, tío, son cuatro
euros, salí de mi estupor metiendo mi mano al bolsillo y sacando el
billete que me había dado Isolda para notar que era un billete de
Monopolio, un billete de juguete con el que no se podía pagar nada,
salvo el derecho a recibir todo el amor que la vida había puesto en mi y
que ahora pensaba darle.
Espérame un minuto le dije a la camarera y me fui hacia el baño a
pensar como carajo haría yo ahora para pagar esas birras que Isolda en
teoría me había invitado y cuando estaba parado ahí adentro, con mi
pierna rozando el asqueroso water, miré la ventana rota que me invitaba a
escapar y pensé que Isolda, de alguna forma extraña, había pagado la
cuenta rompiendo esos vidrios y regalándome un escape, poco convencional
pero tremendamente poético. Poético y sangriento también ya que al
trepar hacia fuera me hice un profundo corte en la mano derecha cuyo
sangrado me acompañó todo el camino a casa y no hizo mas que hacerme
pensar en la manera como latía mi corazón y cuanta sangre, haba sido
esta mujer capaz de robarme con tan pocas palabras.
Habían pasado ya varios días desde encuentro poético y
sangriento y la secuencia de imágenes seguía alojada en mi cabeza,
presente y tan intensa como el dolor del corte que tenia en la mano. Un
dolor que me hacia pensar en ella, que me hacia imaginar esa punta de
vidrio entrando en mi mano, violentando mi existencia para modificarla
de manera permanente , que me hacia sonreír al pensar que un poco de
sangre era un precio muy bajo a pagar por haberla conocido y que con
todo gusto hubiese seguido pagando hasta quedarme inconsciente. Había
ido unas tres veces al Rosal, el bar del paseo del borne en donde nos
conocimos, pero solo a mirar desde afuera ya que tenía miedo de que la
camarera me viera y reconociera como el tipo que dejó las cervezas
impagas y que rompió un vidrio para escaparse por la ventana del baño.
Hasta ahora Isolda no había aparecido por ahí, lo cual me resultaba
extraño ya que el Borne en Barcelona es un barrio que funciona como una
especie de ghetto Argentino y todos vuelven tarde o temprano, pero no
Isolda. Llegué a pensar que talvez ya se había ido, que probablemente no
vivía en Barcelona, eso pasa mucho también, podía ser que solo hubiera
pasado por ahí de visita a alguna amiga y tras solo algunos días ya
estuviera en alguna otra ciudad, rompiendo los vidrios de los baños con
su cuchara de plata y dejando a algún otro tarado, como un freak,
esperándola en un bar sin saber que nunca volvería a verla. Pensaba que
no debí haberla dejado escapar ese día, que por lo menos me habría
sacado la duda de si ese encuentro había sido en realidad así de
intenso, o si ahora solo se multiplicaba en intensidad por su condición
de efímero y su insistencia en reaparecer y tener secuestrada mi
memoria. Pero bueno, había que dejar de pensar en ella, había que
dejarle a la vida hacer su trabajo, si la volvía ver, pues sería genial y
si no, pues que pena. Ese era el pensamiento con el que yo trataba de
darle calma a mi ansiedad mientras volvía desde el borne en un autobús
hacia mi casa. El 119 subía por la Vía Layetana conmigo en el fondo y
dos o tres personas mas. Yo llenaba mi cabeza de música para distraerme
un poco, cosa que no funcionaba ya que todos los temas me hacían
imaginármela a ella cuado de pronto el autobús paró junto al Arc de
triomf y se subió Isolda, me quedé helado, no sabía que hacer, Luis
Alberto Spinetta en mis oído, junto a Pescado rabioso me decía “… yyyyy
si la ves pasar y no hablas…” y yo automáticamente ya me había puesto de
pie, ella no me había visto y se había sentado en la parte de adelante,
avancé dos pasos y frené en seco. No sabía que hacer, me hallaba
consumido por el miedo y la duda, miré la puerta del autobús a mi lado y
pensé en bajarme, en no matar l ilusión con una decepción, pero en ese
momento me di cuenta que pensar mucho nunca me llevó a nada, que esto
tenía que llevarlo a cabo si o si, de lo contrario me pasaría el resto
del la vida arrepintiéndome. Frené el iPod, cambié de canción, puse
“queen Jane aproximatedly” de Bob Dylan, me senté a su lado, me miró,
le saqué los audífonos, le puse los míos y la miré a los ojos, dos
segundos después me dio el primer beso de la historia del universo
nuevo, que acabábamos de crear.
miércoles, 25 de abril de 2012
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