martes, 21 de mayo de 2013

Tristán Thomas, la amistad y la gerofilia.





A mi nunca se me hizo difícil hacer amigos, me imagino que porque soy un poco payaso y cuando conozco gente en un comienzo, me encargo de que no tarden mucho en reírse de alguna tontería mía. No se exactamente porque, pero creo que soy un tipo querible, por lo menos eso es lo que siempre me han hecho sentir mis amigos. Yo no se si soy un gran amigo, no se si soy el mejor cuidando amistades, no creo haber perdido ninguna por conflictos, pero si tal vez alguna que otra la haya dejado morir, quedándome sin reacción a pesar de notar su creciente agonía. Creo que mis amigos han sido mejores conmigo de lo que yo he sido con ellos, puede ser que yo haya abusado del vinculo. Dice Bryce en “No me esperen en abril” que a los amigos hay que “…perdonarles todo, absolutamente todo, aunque joda” y yo no se si estoy completamente de acuerdo, pero creo que mis amigos si, ya que si han sabido perdonarme algún exceso en el pasado y probablemente en el futuro sabrán hacerlo de nuevo.  De mis amigos mas cercanos, del que tengo el recuerdo mas antiguo es Pete the Beat , el recuerdo no es precisamente amistoso y data de uno de mis primeros días en el colegio/prisión Inmaculado corazón, en cuyo patio yo deambulaba, en mi primer año, solo, saltando y pensando en tonterías, cuando vi a Pete the Beat acercarse  y sin decir nada se plantó delante de mi y me pegó un terrible puñetazo en la panza que me derribó y dejó sin aire. En ese momento yo no entendí el motivo, pero ahora creo que se lo atribuyo a esa técnica de supervivencia en las cárceles que implica pegarle al tipo mas grande y malo el primer día para imponer respeto, aunque yo grande si era, de malo no tenia nada, es mas, era re sonso, tenia buena onda y muy poco experiencia en cuanto a las dinámicas sociales escolares que implicaran frecuentar niños. Hasta ese momento yo solo andaba con mis primas mujeres y con ellas no acostumbraba a darnos de golpes. Pero bueno, el caso es que Pete the Beat desde ese momento me ayudó a entender que estaba ahora en un ambiente hostil y que debía valerme de mi personalidad para protegerme. Durante un tiempo largo me manejé bastante bien y luego llegó mi metro noventa y esa preocupación de terminó.  Años después y ya de mas grande, me hallé parte de un grupo de amigos muy cercanos que hasta hoy, constituye, junto con algunas adiciones posteriores, mi núcleo amical mas básico.  En este grupo hay de todo, Arturo es un Cineasta emergente y talentoso con perturbaciones mentales muy evidentes, Pete the Beat un administrador, surfer y profesor universitario bastante nerd que se viste como adolescente. Está también Nacho, un filósofo atormentado por su constante búsqueda de la verdad. Chicha, un tipo tremendamente hippie a quien veo cuando regresa a este mundo de alguna de sus travesías espirituales y artísticas en los diferentes lugares del continente. Gonzalitus, un abogado sin escrúpulos que se encarga de repartir ficciones distintas en el continente asiático (entiéndase mentir) y finalmente, el protagonista de la historia que paso relataré, un psicólogo desquiciado, de un metro con sesenta centímetros, muy poca cultura musical y una enorme capacidad para hacerse querer. Ulises, conocido también como el “Camarada Cabeza”.

Ulises y yo llegamos en autobús a Palamós, un balneario de la costa brava catalana un sábado por la mañana para encontrarnos con dos amigas,  Carolina, una chica peruana y Audrey, mitad suiza y mitad catalana. Nuestra amigas nos pasaron a buscar  por la estación de autobuses para llevarnos al departamento de la abuela de Audrey, donde pasaríamos la noche. En el camino Audrey nos explicó que su abuela, quien vivía todo el año en la playa, tenia ya una edad muy avanzada y, además de no poder caminar, su mente andaba un poco perdida, no recordaba ya el castellano y solo hablaba catalán.  Mientras Audrey iba describiendo la condición de la señora, yo pude ver como estas palabras generaron un interés inusual en Ulises, cada adjetivo de decrepitud que salía de la boca de Audrey, causaba que los ojos de Ulises se abrieran cada vez mas, hasta que preguntó “¿y tu abuelo, vive o tu abuela está sola” – “no, no vive… “ – contestó Audrey ante la reciente media sonrisa de Ulises – “Pero tiene una enfermera que la cuida…” Audrey nos explicó que la enfermera de su abuela era una inmigrante marroquí de fe musulmana, por lo que al día siguiente, cuando llegara, no debíamos saludarla con un beso, ya que ella era muy celosa con su espacio personal, por temas religiosos, y no reaccionaba bien cuando un hombre se le acercaba. Nos contó que unos años antes, un novio de Audrey , se acercó a saludarla con un beso y tras ponerle la mano en el hombro, fue lanzado al suelo por Atika con una llave de judo que acabó con su rodilla sobre el pecho del muchacho mientras invocaba gritos de guerra islámicos. Yo tomé la advertencia muy en serio, pues en mi condición de agnóstico, suelo a veces  hablar y opinar como si todo el mundo viera las cosas como las veo yo, arriesgándome a poder herir susceptibilidades, por esta razón hago un esfuerzo en tener la fe ajena presente para no ofender a nadie. Pero al mirar a Ulises, noté que su atención estaba puesta en sus pensamientos, se le veía abstraído de la situación. Tal vez Ulises estaba procesando la información de otra manera, él es psicólogo y la advertencia de Audrey presentaba a dos personajes por demás interesantes que habían, aparentemente, llamado la atención de Ulises.

Tras caminar unos minutos llegamos a la casa, ubicamos nuestras cosas en la habitación que se nos había asignado y al salir nuevamente encontramos a Audrey con su abuela en la sala. “Avia, els son los meus amics, el Tristán i el Ulises” nos presentó en catalán Audrey a la abuela que solo nos miraba y sonreía desde su silla de ruedas. Yo me preparaba para saludarla cuando Ulises saltó por delante de mí y en su muy bien aprendido catalán exclamó con una gran sonrisa “Bona tarda maca, jo soc el Ulises, tens foc si us plau” – La abuela no respondió y Audrey, con cara de desconcierto, le explicó a Ulises que su abuela no fumaba y que si quería un encendedor, en lugar de pedírselo a ella, fuera a buscarlo a la cocina. Esta actitud de Ulises me llamó la atención, pues esa frase era la que el solía usar para acercársele a las chicas en los bares de Barcelona, pero al mismo tiempo, era de lo poco que sabia decir en catalán y tenía cierto sentido que intentara congraciarse con la señora que tan amablemente nos alojaba en su casa.

Tras unos minutos salimos los cuatro a tomar unas cervezas a un bar cercano y al cabo de una hora ya estábamos bastante borrachos y divertidos, compramos mas cervezas y fuimos a seguir tomando a la playa mientras conversábamos. Ulises y yo conocíamos a Carolina y Audrey hacia ya alrededor de un año y nos teníamos bastante confianza, por lo que terminamos en una de esas conversaciones de borrachos típicas de amigos. Yo hablaba de lo extraordinario que sería mudarse a ese pueblo de la costa brava para escribir una novela, de lo apacible que debía ser la vida de la abuela de Audrey ahí, alejada de la ciudad y frente a la playa. Audrey nos contaba de los muchos veranos que pasó ahí, Carolina, cuya casa en Perú también queda a las afueras de Lima compartía la idealización de este balneario que, de acogernos durante un año entero, probablemente nos llevaría al suicidio por aburrimiento. Pero Ulises se dedicó a preguntar por los hábitos de la abuela.  Indagó sobre que le gustaba comer, si le gustaba ver la televisión o las películas, que tipo de películas y si alguna vez iba para Barcelona. Audrey respondió sus preguntas durante un buen rato y luego, a eso de las 3 am, propuso que volviéramos a seguir tomando una cervezas a la casa pues ya hacía un poco de frio. Ya de regreso nos instalamos en la cocina para seguir con la fiesta, muy borrachos ya y, tras un rato, yo abandoné al grupo para irme a dormir. Mientras caminaba hacia el cuarto y escuchaba al resto reírse desenfrenadamente en la cocina, miré hacia el interior de la habitación de la abuela y la vi dormir. Pensé en lo extraño que debe ser mirar el mundo desde esa perspectiva, ser tan mayor y verse abrumado por este mundo, o decidir ignorarlo. Pensé también en cual sería su concepto de la diversión, de la alegría y de la amistad, sabiendo que ya la mayoría de los amigos de uno, no estarían mas entre nosotros. Tras unos segundos de reflexión alcohólica, me fui a dormir.

La mañana llegó bastante rápido, mi sueño fue interrumpido de forma intempestiva por el ruido de la puerta del departamento. Me sobé los ojos y miré hacia la cama de Ulises que se encontraba desarmada pero sin embargo, vacía. Esto me llamó mucho la atención, pues si Ulises no estaba, pues tendría que estar durmiendo con Audrey y Carolina, lo cual parecía poco probable. En ese momento escuché un grito que me heló la sangre, una voz grave y con un acento extraño cruzó el aire y me pegó en el oído derecho “nooooooo, por Alaaaaaaaaá, ¿qué es esto?” – Me levanté rápidamente y salí de la habitación para encontrarme a Audrey y Carolina en la puerta del suyo y con la misma cara de sorpresa que yo. Tras mirarnos por unos segundos corrimos hacia la fuente de los gritos, el cuarto de la abuela. Al llegar al cuarto nos encontramos con una mujer de 180 centímetros de alto con un turbante que le añadía unos 10 mas. Con un brazo levantado, agitando un bastón en el aire y gritando “Pooooor Alaaaaaaaaá!!! Audrey, nunca he visto algo así, Alá sálvanos!” – miré hacia donde ella miraba y me encontré con una imagen muy perturbadora. Ulises estaba abrazado a la anciana, echado en la cama, con nada mas que su calzoncillo morado y absolutamente inconsciente a causa de la borrachera. La señora sonreía y miraba al techo mientras con su mano izquierda tanteaba la cama para entender quien era este invasor.  En ese momento Atika, usando el bastón golpeó a Ulises y lo tiró al suelo, poniéndose encima de el, apoyando su rodilla sobre el pecho de Ulises quien la miraba de vuelta con terror en la cara. Todos estábamos aterrorizados, sin entender que hacia Ulises ahí, pero yo, tras unas cuantas centésimas de segundo, entendí que mi mejor amigo, estaba siendo atacado por una musulmana que lo doblaba en tamaño y que su vida estaba en peligro. Antes de que me diera cuenta me hallé volando por lo aires y derribando a la musulmana de un solo golpe. Todos quedaron atónitos menos Ulises que me miró muy serio. “corre mierda” le dije y el se levantó, corrió al cuarto, agarró sus cosas, yo las mías y salimos corriendo.

Mientras corríamos por la playa en pijamas yo y en calzoncillo (púrpura) Ulises, lo único que pasaba por mi mente era que carajo hacía Ulises en la cama con la anciana y, cuando llegamos a la estación y nos subimos en el autobús que justo partía para Barcelona se lo pregunté. “no se broder, ni idea, debe haber sido una de mis paseos sonámbulos” me dijo. A lo largo de nuestras vidas, yo si he llegado a presenciar diversas manifestaciones del sonambulismo de Ulises, y eso mismo fue lo que les dije a Audrey y Carolina para que pasaran a perdonar a Ulises y convertir esto en un recuerdo bizarro y divertido. Pero mientras mas pasa el tiempo, yo me convenzo cada vez mas de que si esa fue la razón, a mi me es indiferente, lo que me quedó absolutamente claro, es que mi amistad con Ulises ya había pasado al plano instintivo, de que a pesar de que en esa situación el parecía el villano, yo lo ayudé y le di el beneficio de la dudad y que si esto fue sonambulismo o un fetiche sexual gerófilo, siempre estaré ahí para ayudar a mi amigo a ser feliz, sea cual sea la forma que esa felicidad decida tomar y si algo o alguien se interpone, así sea una musulmana de 180 centímetros, no tendré ningún reparo en sacarla del camino a golpes.