A mi nunca se me hizo difícil hacer amigos, me imagino que
porque soy un poco payaso y cuando conozco gente en un comienzo, me encargo de
que no tarden mucho en reírse de alguna tontería mía. No se exactamente porque,
pero creo que soy un tipo querible, por lo menos eso es lo que siempre me han
hecho sentir mis amigos. Yo no se si soy un gran amigo, no se si soy el mejor
cuidando amistades, no creo haber perdido ninguna por conflictos, pero si tal
vez alguna que otra la haya dejado morir, quedándome sin reacción a pesar de
notar su creciente agonía. Creo que mis amigos han sido mejores conmigo de lo
que yo he sido con ellos, puede ser que yo haya abusado del vinculo. Dice Bryce
en “No me esperen en abril” que a los amigos hay que “…perdonarles todo,
absolutamente todo, aunque joda” y yo no se si estoy completamente de acuerdo,
pero creo que mis amigos si, ya que si han sabido perdonarme algún exceso en el
pasado y probablemente en el futuro sabrán hacerlo de nuevo. De mis amigos mas cercanos, del que tengo el
recuerdo mas antiguo es Pete the Beat , el recuerdo no es precisamente amistoso
y data de uno de mis primeros días en el colegio/prisión Inmaculado corazón, en
cuyo patio yo deambulaba, en mi primer año, solo, saltando y pensando en
tonterías, cuando vi a Pete the Beat acercarse
y sin decir nada se plantó delante de mi y me pegó un terrible puñetazo
en la panza que me derribó y dejó sin aire. En ese momento yo no entendí el
motivo, pero ahora creo que se lo atribuyo a esa técnica de supervivencia en
las cárceles que implica pegarle al tipo mas grande y malo el primer día para
imponer respeto, aunque yo grande si era, de malo no tenia nada, es mas, era re
sonso, tenia buena onda y muy poco experiencia en cuanto a las dinámicas
sociales escolares que implicaran frecuentar niños. Hasta ese momento yo solo
andaba con mis primas mujeres y con ellas no acostumbraba a darnos de golpes. Pero
bueno, el caso es que Pete the Beat desde ese momento me ayudó a entender que
estaba ahora en un ambiente hostil y que debía valerme de mi personalidad para
protegerme. Durante un tiempo largo me manejé bastante bien y luego llegó mi
metro noventa y esa preocupación de terminó. Años después y ya de mas grande, me hallé
parte de un grupo de amigos muy cercanos que hasta hoy, constituye, junto con
algunas adiciones posteriores, mi núcleo amical mas básico. En este grupo hay de todo, Arturo es un
Cineasta emergente y talentoso con perturbaciones mentales muy evidentes, Pete
the Beat un administrador, surfer y profesor universitario bastante nerd que se
viste como adolescente. Está también Nacho, un filósofo atormentado por su
constante búsqueda de la verdad. Chicha, un tipo tremendamente hippie a quien
veo cuando regresa a este mundo de alguna de sus travesías espirituales y
artísticas en los diferentes lugares del continente. Gonzalitus, un abogado sin
escrúpulos que se encarga de repartir ficciones distintas en el continente
asiático (entiéndase mentir) y finalmente, el protagonista de la historia que
paso relataré, un psicólogo desquiciado, de un metro con sesenta centímetros,
muy poca cultura musical y una enorme capacidad para hacerse querer. Ulises,
conocido también como el “Camarada Cabeza”.
Ulises y yo llegamos en autobús a Palamós, un balneario de
la costa brava catalana un sábado por la mañana para encontrarnos con dos
amigas, Carolina, una chica peruana y
Audrey, mitad suiza y mitad catalana. Nuestra amigas nos pasaron a buscar por la estación de autobuses para llevarnos
al departamento de la abuela de Audrey, donde pasaríamos la noche. En el camino
Audrey nos explicó que su abuela, quien vivía todo el año en la playa, tenia ya
una edad muy avanzada y, además de no poder caminar, su mente andaba un poco
perdida, no recordaba ya el castellano y solo hablaba catalán. Mientras Audrey iba describiendo la condición
de la señora, yo pude ver como estas palabras generaron un interés inusual en
Ulises, cada adjetivo de decrepitud que salía de la boca de Audrey, causaba que
los ojos de Ulises se abrieran cada vez mas, hasta que preguntó “¿y tu abuelo,
vive o tu abuela está sola” – “no, no vive… “ – contestó Audrey ante la
reciente media sonrisa de Ulises – “Pero tiene una enfermera que la cuida…”
Audrey nos explicó que la enfermera de su abuela era una inmigrante marroquí de
fe musulmana, por lo que al día siguiente, cuando llegara, no debíamos
saludarla con un beso, ya que ella era muy celosa con su espacio personal, por
temas religiosos, y no reaccionaba bien cuando un hombre se le acercaba. Nos
contó que unos años antes, un novio de Audrey , se acercó a saludarla con un
beso y tras ponerle la mano en el hombro, fue lanzado al suelo por Atika con
una llave de judo que acabó con su rodilla sobre el pecho del muchacho mientras
invocaba gritos de guerra islámicos. Yo tomé la advertencia muy en serio, pues en
mi condición de agnóstico, suelo a veces
hablar y opinar como si todo el mundo viera las cosas como las veo yo,
arriesgándome a poder herir susceptibilidades, por esta razón hago un esfuerzo
en tener la fe ajena presente para no ofender a nadie. Pero al mirar a Ulises,
noté que su atención estaba puesta en sus pensamientos, se le veía abstraído de
la situación. Tal vez Ulises estaba procesando la información de otra manera,
él es psicólogo y la advertencia de Audrey presentaba a dos personajes por
demás interesantes que habían, aparentemente, llamado la atención de Ulises.
Tras caminar unos minutos llegamos a la casa, ubicamos
nuestras cosas en la habitación que se nos había asignado y al salir nuevamente
encontramos a Audrey con su abuela en la sala. “Avia, els son los meus amics,
el Tristán i el Ulises” nos presentó en catalán Audrey a la abuela que solo nos
miraba y sonreía desde su silla de ruedas. Yo me preparaba para saludarla
cuando Ulises saltó por delante de mí y en su muy bien aprendido catalán
exclamó con una gran sonrisa “Bona tarda maca, jo soc el Ulises, tens foc si us
plau” – La abuela no respondió y Audrey, con cara de desconcierto, le explicó a
Ulises que su abuela no fumaba y que si quería un encendedor, en lugar de
pedírselo a ella, fuera a buscarlo a la cocina. Esta actitud de Ulises me llamó
la atención, pues esa frase era la que el solía usar para acercársele a las
chicas en los bares de Barcelona, pero al mismo tiempo, era de lo poco que
sabia decir en catalán y tenía cierto sentido que intentara congraciarse con la
señora que tan amablemente nos alojaba en su casa.
Tras unos minutos salimos los cuatro a tomar unas cervezas a
un bar cercano y al cabo de una hora ya estábamos bastante borrachos y
divertidos, compramos mas cervezas y fuimos a seguir tomando a la playa
mientras conversábamos. Ulises y yo conocíamos a Carolina y Audrey hacia ya
alrededor de un año y nos teníamos bastante confianza, por lo que terminamos en
una de esas conversaciones de borrachos típicas de amigos. Yo hablaba de lo
extraordinario que sería mudarse a ese pueblo de la costa brava para escribir
una novela, de lo apacible que debía ser la vida de la abuela de Audrey ahí,
alejada de la ciudad y frente a la playa. Audrey nos contaba de los muchos
veranos que pasó ahí, Carolina, cuya casa en Perú también queda a las afueras
de Lima compartía la idealización de este balneario que, de acogernos durante
un año entero, probablemente nos llevaría al suicidio por aburrimiento. Pero
Ulises se dedicó a preguntar por los hábitos de la abuela. Indagó sobre que le gustaba comer, si le
gustaba ver la televisión o las películas, que tipo de películas y si alguna
vez iba para Barcelona. Audrey respondió sus preguntas durante un buen rato y
luego, a eso de las 3 am, propuso que volviéramos a seguir tomando una cervezas
a la casa pues ya hacía un poco de frio. Ya de regreso nos instalamos en la
cocina para seguir con la fiesta, muy borrachos ya y, tras un rato, yo abandoné
al grupo para irme a dormir. Mientras caminaba hacia el cuarto y escuchaba al
resto reírse desenfrenadamente en la cocina, miré hacia el interior de la
habitación de la abuela y la vi dormir. Pensé en lo extraño que debe ser mirar
el mundo desde esa perspectiva, ser tan mayor y verse abrumado por este mundo,
o decidir ignorarlo. Pensé también en cual sería su concepto de la diversión,
de la alegría y de la amistad, sabiendo que ya la mayoría de los amigos de uno,
no estarían mas entre nosotros. Tras unos segundos de reflexión alcohólica, me fui
a dormir.
La mañana llegó bastante rápido, mi sueño fue interrumpido
de forma intempestiva por el ruido de la puerta del departamento. Me sobé los
ojos y miré hacia la cama de Ulises que se encontraba desarmada pero sin
embargo, vacía. Esto me llamó mucho la atención, pues si Ulises no estaba, pues
tendría que estar durmiendo con Audrey y Carolina, lo cual parecía poco
probable. En ese momento escuché un grito que me heló la sangre, una voz grave
y con un acento extraño cruzó el aire y me pegó en el oído derecho “nooooooo,
por Alaaaaaaaaá, ¿qué es esto?” – Me levanté rápidamente y salí de la
habitación para encontrarme a Audrey y Carolina en la puerta del suyo y con la
misma cara de sorpresa que yo. Tras mirarnos por unos segundos corrimos hacia
la fuente de los gritos, el cuarto de la abuela. Al llegar al cuarto nos
encontramos con una mujer de 180 centímetros de alto con un turbante que le añadía
unos 10 mas. Con un brazo levantado, agitando un bastón en el aire y gritando
“Pooooor Alaaaaaaaaá!!! Audrey, nunca he visto algo así, Alá sálvanos!” – miré
hacia donde ella miraba y me encontré con una imagen muy perturbadora. Ulises
estaba abrazado a la anciana, echado en la cama, con nada mas que su
calzoncillo morado y absolutamente inconsciente a causa de la borrachera. La
señora sonreía y miraba al techo mientras con su mano izquierda tanteaba la
cama para entender quien era este invasor.
En ese momento Atika, usando el bastón golpeó a Ulises y lo tiró al
suelo, poniéndose encima de el, apoyando su rodilla sobre el pecho de Ulises
quien la miraba de vuelta con terror en la cara. Todos estábamos aterrorizados,
sin entender que hacia Ulises ahí, pero yo, tras unas cuantas centésimas de
segundo, entendí que mi mejor amigo, estaba siendo atacado por una musulmana
que lo doblaba en tamaño y que su vida estaba en peligro. Antes de que me diera
cuenta me hallé volando por lo aires y derribando a la musulmana de un solo
golpe. Todos quedaron atónitos menos Ulises que me miró muy serio. “corre
mierda” le dije y el se levantó, corrió al cuarto, agarró sus cosas, yo las mías
y salimos corriendo.
Mientras corríamos por la playa en pijamas yo y en
calzoncillo (púrpura) Ulises, lo único que pasaba por mi mente era que carajo
hacía Ulises en la cama con la anciana y, cuando llegamos a la estación y nos
subimos en el autobús que justo partía para Barcelona se lo pregunté. “no se
broder, ni idea, debe haber sido una de mis paseos sonámbulos” me dijo. A lo largo
de nuestras vidas, yo si he llegado a presenciar diversas manifestaciones del
sonambulismo de Ulises, y eso mismo fue lo que les dije a Audrey y Carolina
para que pasaran a perdonar a Ulises y convertir esto en un recuerdo bizarro y
divertido. Pero mientras mas pasa el tiempo, yo me convenzo cada vez mas de que
si esa fue la razón, a mi me es indiferente, lo que me quedó absolutamente
claro, es que mi amistad con Ulises ya había pasado al plano instintivo, de que
a pesar de que en esa situación el parecía el villano, yo lo ayudé y le di el
beneficio de la dudad y que si esto fue sonambulismo o un fetiche sexual
gerófilo, siempre estaré ahí para ayudar a mi amigo a ser feliz, sea cual sea
la forma que esa felicidad decida tomar y si algo o alguien se interpone, así
sea una musulmana de 180 centímetros, no tendré ningún reparo en sacarla del
camino a golpes.
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