jueves, 29 de abril de 2010

Los Chocolates de María pte.2

Maria flota con cada vez mas control y tener el privilegio de flotar con ella hace que perseguir sonidos sea cada vez une experiencia mas alucinante.


Los Chocolates de María (Cont)


Enrique se sintió un poco mareado, la imagen de María yéndose lo llenó de una cantidad de sentimientos encontrados, la quería detener, que se quedara un rato mas con él pero, ya no sabia de que hablarle, así que tal vez no era tan malo que se fuera, sentía que si seguía hablando, podría haber empezado a decir tonterías, aunque lo de los bienes raíces y eso… ¿no eran un poco tonterías ya? Mmm... Sí, un poco, ¡he estado hablando tonterías todo el tiempo! ¿La habré aburrido? Bueno, bien podría ella haberme interrumpido… aunque se le veía muy concentrada en aferrarse al banco para no flotar… ¿y habría estado flotando por mí? ¿No habrá sido talvez que tenia tantas ganas de irse, por el aburrimiento, que casi casi se va volando? ¡Claro! Estaba harta y se aferraba al banco por educación… para no hacerme sentir mal, debe de haber pensado que me debía un rato de atención en agradecimiento por los chocolates. Y yo sometiéndola a una clase maestra con las tres tonterías que se sobre banca… ¿me habrá prestado atención? No parecía seguir el hilo de lo que yo hablaba… ¡tal vez estaba sintiéndose un poco mal! Claro, porque la hermana tenia aspecto de estar enferma, seguro están enfermas las dos, eso debe ser, además, yo estoy un poco mareado, seguro me contagió eso que tenia la hermana a mi también, pero bueno, no importa… mientras no me haya escuchado hablar tonterías sobre la banca, todo bien. Se comió sus chocolates y hablamos, hablamos por primera vez y aunque me la pasé diciendo tonterías, el calor de su mano y la suavidad de su beso de despedida no me los quitara nadie, no se si este mareo es por emoción o porque se me ha pegado la malaria de la hermana, pero estoy contento, creo… vamos a ver que pasa la semana que viene, a ver de que le hablo. Enrique respiró hondo, como para quitarse la ansiedad, se puso de pie y se fue caminando a casa, eso si, repleto de satisfacción, dudas y nauseas.


La cara de Alberto Collantes, policía de transito desde hacia veinte años, mostró una expresión de sorpresa que le hizo interrumpir sus labores al escuchar, del auto negro que tenia detenido al lado suyo, la voz de una señorita que, con un tono de voz moribundo, le exigía que les diera pase porque ella agonizaba y de llegar a morir, los muy importantes contactos de su padre lo harían despedir inmediatamente. “¿no ve que me muero hombre?” dijo Catalina de nuevo al policía mientras este las autorizaba a pasar apuradísimo y muy preocupado por la salud, no queda claro si física o mental, de la señorita pasajera. “Ay, dios mío, que mal me siento… creo que me muero, me duele el estomago y me siento muy pero muy nauseosa… ¿falta mucho para llegar al hospital?” Preguntó Catalina con la mirada perdida en el techo del carro. “estamos yendo hacia la casa Catita, ¿no te das cuenta? No tienes nada, ahí descansas y se te pasa… es obvio que te duele la panza, si te comiste 15 chocolates en media hora” - le recriminó María, quién solo quería pensar en su encuentro con Enrique y los quejidos de su hermana hacían de eso algo imposible. Cada vez que el recuerdo de los dedos de Enrique entrelazados con los suyos hacia que se separara del asiento empezando a elevarse, caía repentinamente al oír uno de los “memueros” de Catita. – “¿Y tu María? ¿Por que flotabas? ¿Era por comer los chocolates amargos? ¿Mamá, los chocolates amargos te hacen flotar? Yo por eso no como chocolates amargos pues, de ahí me pongo a flotar y me pego un mareo, que ni te cuento, a mi las alturas nunca me han sentado bien…” – “no Catita, María flotaba por estaba sintiendo algo lindo, a veces, cuando una siente algo lindo… flota” – Dijo su madre mientras volvía a dejar notar la sonrisa ambigua, entre serena y cómplice que mostró mas temprano. María notó dicha sonrisa y decidió concentrarse en el aire que entraba por la ventana del carro y que suavemente le tocaba la cara mientras de fondo oía a Catita decir que ojala nunca ella se elevara igual, pues estaba segura que habría muchísimo riesgo de caer y acabar con la cadera fracturada.


Llegaron a casa unos minutos después y mientras Catalina subía lenta y dramáticamente hacia su cuarto, María fue a saludar a su padre que tomaba un whisky en su estudio, no le gustaba que lo molestaran, así que entraría solo a darle un beso. “¿Cómo les fue, me extrañaron?” – “Si papá” – mintió María, “que pena que no viniste” – “Bueno, el próximo martes si voy, pero no nos vamos al cine, tengo que ir a ver unos negocios a La Punta, o sea que podemos aprovechar para caminar un poco por la playa, ¿Qué te parece?” – “Ah… muy bien, si, vamos…” a penas la ultima silaba de esa frase dejo los labios de María, se dio cuenta de que ese día no vería a Enrique, pensó en que casi ni le había hablado y que si no aparecía, el pensaría que no le gustó que se acercara, esto le causó un poco de angustia, contar con la seguridad de verlo el martes siguiente le había venido causando un sensación de satisfacción que se hacia mas notoria ahora que la incertidumbre la reemplazaba. María pensó que se había enamorado, pero pensó también que era muy pronto y que no podía ser… ¿o si? Bueno, la única manera de saberlo era viendo a Enrique de nuevo.

Eran las siete de la mañana cuando María bajó sigilosamente la escalera y se dirigió al garaje, ahí, ya vestido con su uniforme de chofer, Oscar limpiaba el auto y esperaba al padre de María para llevarlo al trabajo, Oscar llegaba unos veinte minutos antes de la hora de salida, se cambiaba, se engominaba bien el pelo y esperaba limpiando el auto a que llegara la hora de partir. El tiempo apremiaba y María sabía que tenia que llevar a cabo el plan que había estado gestando toda la noche para avisar a Enrique que el martes siguiente no estaría ahí en el paseo Colón ni en el cine. Su padre estaba apunto de bajar y se iba a molestar mucho si la veía hablando a escondidas con el chofer y en ropa de cama. “Oscar, por favor ven…” Oscar dejó de peinarse en el espejo de auto y se dio vuelta para ver que quería María. “Por favor, cuando regreses de dejar a mi papá en su trabajo, pasa por el paseo Colón y dale esta nota al chocolatero italiano ese que siempre nos vende chocolates. “Pero si yo tengo que volver para llevar a tus hermanos al colegio… no me va a dar el tiempo…” le respondió con toda sinceridad el chofer. “Por favor Oscar, por favor, si que puedes, tu siempre me has dicho que si te dejaran ir mas rápido en este carro, tu podrías hacerlo volar, te prometo que si me haces este favor, nunca mas te hago esperar ni un minuto cuando me recojas de algún lugar… por favor” – “Bueno, voy a ver que puedo hacer…” – “Gracias Oscar, me voy que ya baja mi papá” dijo María mientras flotaba hacia arriba de las escaleras para volver a aterrizar en la puerta de su cuarto con la única intención de dormir un poco ya que no había dormido casi durante la noche y, en al medida de lo posible, soñar con Enrique.

jueves, 8 de abril de 2010

Los Chocolates de María

En un intento por demostrar la relatividad del tiempo, decidí espiar de manera sutil diversos pasajes del mismo y noté que además de Jagger y yo, hay otras personas que también de alguna forma se dedicaron a perseguir sonidos. María fué, es y seguirá siendo una de ellas.





Los Chocolates de María

María se encogió de hombros al pensar que pronto seria la hora de salir, la situación le causaba como un cosquilleo extraño, una mezcla rara de ansiedad y nerviosismo. Había ido los últimos tres martes a caminar por el centro de Lima y, desde la segunda vez, pasaba por el mismo proceso a la hora de partir. Tenia como ganas de no ir y de ir a la vez, estaba muy linda, con su mejor vestido pero por dentro una parte suya rogaba para que su hermana Catalina se inventara algún malestar y las obligaran a quedarse en casa, pero no, todo andaba bien, Catalina estaba perfecta, se había recuperado ya de su ultimo y gravísimo resfriado y contaba también los minutos para salir a pasear.

Su madre las mandó llamar, el auto las esperaba afuera ya con el motor encendido, Catalina entró hacia el fondo, luego entró María, su madre se sentó en el asiento de adelante, al lado del chofer y le dio la orden de partir. – ¿Mi Papá no viene? ¿No vamos al cine entonces? – Preguntó María, - No, nos vamos a caminar por el paseo Colón nada mas- Respondió su madre mientras la miraba con una expresión un tanto ambigua, entre serena y cómplice. María sonrió por dentro y volvió a entregarse a la ansiedad de quién se anticipa a algo lindo. Catalina empezó a quejarse con su madre, a pedirle que por favor ese verano, en enero, cuando la familia entera viajara por vacaciones, no fueran a un lugar de playa – Ya se que es cumpleaños de María y ella quiere ir a la playa, pero tu sabes que a mi el mar me da alergia Mamá, acuérdate de las ronchas que me salieron esa vez que me metí, mejor vámonos de viaje a otro lado ¿tu que dices María? ¡Por favor! Tu sabes que me da alergia el mar, es una enfermedad, no es mi culpa- María asintió sin haber oído una palabra, estaba muy distraída mirando por la ventana como para oír la tonterías que hablaba su hermana mayor, además ya casi llegaban y había que concentrarse en dejar los nervios de lado.

El chofer las dejó en una esquina y se fue a ver donde estacionaba el auto, su madre les dijo que ella las miraría sentada en un banco en la esquina mientras ellas caminaban, le dio a cada una un poco de dinero para que se compraran chocolates y les dijo que volvieran en una hora y sin retrasos. Las dos fueron directamente a donde el italiano que hacia chocolates, eran los más ricos que habían comido jamás, María prefería los amargos y Catalina los de leche, los amargos le hacían daño según ella. Luego de que las dos terminaron de escoger los suyos, el chocolatero le cobró a Catalina lo que debía pero, cuando llegó el turno para pagar de María le dijo la misma frase que le había dicho las ultimas tres semanas, la misma frase con la que María soñaba cada día y que, aunque sabia ya desde antes que la iba a escuchar de nuevo, le sonaba tan dulce como si fuera la primera y ultima vez que la fuera a oír, - “El joven Enrique ya pagó por usted” – Le dijo y ella, al oírlo empezó a elevarse un poquito en el aire, solo tres o cuatro centímetros por sobre el suelo, cerró lo ojos, puso el dinero que le había dado su madre en su bolsillo y flotó. Catalina empezó a tirarle del vestido de manera insistente – “María… ¿Qué pasa? ¿Por qué estas flotando? ¡Yo también quiero flotar, ya baja! – Pero María flotó por un par de minutos mas, Catalina se cansó y se fue a hablar con algunas amigas y María siguió flotando y flotando, y flotó hasta que una mano se entrelazó con la suya, solo por dos segundos antes de soltarla, la hizo aterrizar lentamente y cuando sus dos pies ya tocaban el suelo, abrió los ojos, vio a Enrique y dijo –“hola”. – La cara se le llenó de una sonrisa enorme, una sonrisa que solo logró hacerse mayor cuando escuchó a Enrique saludarla de vuelta. – “Hola María…” dijo Enrique con nerviosismo -“¿Vamos a Caminar un poco?” Le preguntó después, a lo que María, luchando contra la parálisis que la ansiedad de la situación le causaba, respondió que sí con un casi imperceptible movimiento de cabeza. A penas empezaron andar la emoción hizo que María empezara a elevarse de nuevo, dos o tres milímetros solamente, pero lo suficiente como para que caminar se le hiciera un tanto complicado, tenia que esforzarse mucho para que las puntas de sus pies tacaran el suelo. Enrique la llevaba de la mano y como un niño llevando un globo de helio, ella agradecía dentro suyo el hecho de tener las monedas en su bolsillo, ese peso, aunque mínimo, la mantenía de alguna manera mas cerca del suelo, pero al pensar que tenia las monedas porque no había pagado por los chocolates y que los chocolates los había pagado Enrique, ¡entonces flotaba mas y mas todavía! Iba a despegar e irse hasta dios sabe donde cuando él le propuso sentarse en un banco, ella aceptó y metiendo sus dedos entre las barras de madera del banco, logró aferrarse al el y pudo por fin darle toda su atención a lo que decía Enrique – “Está bonito el día hoy ¿no? Perfecto para salir a caminar ¿no lo crees?”- Decía Enrique con la voz temblorosa, casi arrepintiéndose de hablar del clima y como queriendo volver a comerse cada palabra que salía de su boca, era la primera vez que hablaba con María, los martes anteriores no habían pasado de sonrisitas lejanas para agradecer los chocolates por parte de ella y miraditas de galán confiado y seguro por parte de él, pero ahora esto iba en serio, ahora había que ir un poco mas allá y Enrique lo sabia, se sentía seguro de que María se sentía igual que el, no solo por como había venido flotando sino también por como le sudaban las manos cuando habían venido andando, esto lo hizo sentirse un poco mas confiado y cambió el tema, empezó a hablar ahora interminablemente sobre el hecho de que quería ser banquero, se empezó a esforzar realmente en demostrarlo, habló primero de bienes raíces y otros temas relacionados. María escuchaba lentamente como el hablaba de tasas de interés, hacia la que entendía cuando realmente el único interés que tenia ella por alguna tasa giraba alrededor de heredar el finísimo juego de Té de su abuela. no dijo casi ni una palabra en todo el tiempo que duró la conversación, solo sonreía, pero al final de la media hora que habían estado juntos y luego de ver que su madre la llamaba desde lejos solo llegó a decir –“ Enrique, muy ricos los chocolates, gracias… oye, si no me ves por aquí la próxima semana es porque vino también mi padre y cuando el viene vamos al cine, a ese cine que está ahí en la esquina… me tengo que ir, mi mamá me llama, me parece que mi hermana Catalina se siente mal o algo así por lo que veo- su madre la llamaba con insistencia mientras le daba algo de beber a Catalina quien aparentemente estaba sufriendo de uno de sus terriblemente inoportunos mareos vespertinos. María le dio un beso en al mejilla, le agradeció los chocolates de nuevo y, esforzándose enormemente por no flotar, se alejó con dirección al carro.




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