Maria flota con cada vez mas control y tener el privilegio de flotar con ella hace que perseguir sonidos sea cada vez une experiencia mas alucinante.
Los Chocolates de María (Cont)
Enrique se sintió un poco mareado, la imagen de María yéndose lo llenó de una cantidad de sentimientos encontrados, la quería detener, que se quedara un rato mas con él pero, ya no sabia de que hablarle, así que tal vez no era tan malo que se fuera, sentía que si seguía hablando, podría haber empezado a decir tonterías, aunque lo de los bienes raíces y eso… ¿no eran un poco tonterías ya? Mmm... Sí, un poco, ¡he estado hablando tonterías todo el tiempo! ¿La habré aburrido? Bueno, bien podría ella haberme interrumpido… aunque se le veía muy concentrada en aferrarse al banco para no flotar… ¿y habría estado flotando por mí? ¿No habrá sido talvez que tenia tantas ganas de irse, por el aburrimiento, que casi casi se va volando? ¡Claro! Estaba harta y se aferraba al banco por educación… para no hacerme sentir mal, debe de haber pensado que me debía un rato de atención en agradecimiento por los chocolates. Y yo sometiéndola a una clase maestra con las tres tonterías que se sobre banca… ¿me habrá prestado atención? No parecía seguir el hilo de lo que yo hablaba… ¡tal vez estaba sintiéndose un poco mal! Claro, porque la hermana tenia aspecto de estar enferma, seguro están enfermas las dos, eso debe ser, además, yo estoy un poco mareado, seguro me contagió eso que tenia la hermana a mi también, pero bueno, no importa… mientras no me haya escuchado hablar tonterías sobre la banca, todo bien. Se comió sus chocolates y hablamos, hablamos por primera vez y aunque me la pasé diciendo tonterías, el calor de su mano y la suavidad de su beso de despedida no me los quitara nadie, no se si este mareo es por emoción o porque se me ha pegado la malaria de la hermana, pero estoy contento, creo… vamos a ver que pasa la semana que viene, a ver de que le hablo. Enrique respiró hondo, como para quitarse la ansiedad, se puso de pie y se fue caminando a casa, eso si, repleto de satisfacción, dudas y nauseas.
La cara de Alberto Collantes, policía de transito desde hacia veinte años, mostró una expresión de sorpresa que le hizo interrumpir sus labores al escuchar, del auto negro que tenia detenido al lado suyo, la voz de una señorita que, con un tono de voz moribundo, le exigía que les diera pase porque ella agonizaba y de llegar a morir, los muy importantes contactos de su padre lo harían despedir inmediatamente. “¿no ve que me muero hombre?” dijo Catalina de nuevo al policía mientras este las autorizaba a pasar apuradísimo y muy preocupado por la salud, no queda claro si física o mental, de la señorita pasajera. “Ay, dios mío, que mal me siento… creo que me muero, me duele el estomago y me siento muy pero muy nauseosa… ¿falta mucho para llegar al hospital?” Preguntó Catalina con la mirada perdida en el techo del carro. “estamos yendo hacia la casa Catita, ¿no te das cuenta? No tienes nada, ahí descansas y se te pasa… es obvio que te duele la panza, si te comiste 15 chocolates en media hora” - le recriminó María, quién solo quería pensar en su encuentro con Enrique y los quejidos de su hermana hacían de eso algo imposible. Cada vez que el recuerdo de los dedos de Enrique entrelazados con los suyos hacia que se separara del asiento empezando a elevarse, caía repentinamente al oír uno de los “memueros” de Catita. – “¿Y tu María? ¿Por que flotabas? ¿Era por comer los chocolates amargos? ¿Mamá, los chocolates amargos te hacen flotar? Yo por eso no como chocolates amargos pues, de ahí me pongo a flotar y me pego un mareo, que ni te cuento, a mi las alturas nunca me han sentado bien…” – “no Catita, María flotaba por estaba sintiendo algo lindo, a veces, cuando una siente algo lindo… flota” – Dijo su madre mientras volvía a dejar notar la sonrisa ambigua, entre serena y cómplice que mostró mas temprano. María notó dicha sonrisa y decidió concentrarse en el aire que entraba por la ventana del carro y que suavemente le tocaba la cara mientras de fondo oía a Catita decir que ojala nunca ella se elevara igual, pues estaba segura que habría muchísimo riesgo de caer y acabar con la cadera fracturada.
Llegaron a casa unos minutos después y mientras Catalina subía lenta y dramáticamente hacia su cuarto, María fue a saludar a su padre que tomaba un whisky en su estudio, no le gustaba que lo molestaran, así que entraría solo a darle un beso. “¿Cómo les fue, me extrañaron?” – “Si papá” – mintió María, “que pena que no viniste” – “Bueno, el próximo martes si voy, pero no nos vamos al cine, tengo que ir a ver unos negocios a La Punta, o sea que podemos aprovechar para caminar un poco por la playa, ¿Qué te parece?” – “Ah… muy bien, si, vamos…” a penas la ultima silaba de esa frase dejo los labios de María, se dio cuenta de que ese día no vería a Enrique, pensó en que casi ni le había hablado y que si no aparecía, el pensaría que no le gustó que se acercara, esto le causó un poco de angustia, contar con la seguridad de verlo el martes siguiente le había venido causando un sensación de satisfacción que se hacia mas notoria ahora que la incertidumbre la reemplazaba. María pensó que se había enamorado, pero pensó también que era muy pronto y que no podía ser… ¿o si? Bueno, la única manera de saberlo era viendo a Enrique de nuevo.
Eran las siete de la mañana cuando María bajó sigilosamente la escalera y se dirigió al garaje, ahí, ya vestido con su uniforme de chofer, Oscar limpiaba el auto y esperaba al padre de María para llevarlo al trabajo, Oscar llegaba unos veinte minutos antes de la hora de salida, se cambiaba, se engominaba bien el pelo y esperaba limpiando el auto a que llegara la hora de partir. El tiempo apremiaba y María sabía que tenia que llevar a cabo el plan que había estado gestando toda la noche para avisar a Enrique que el martes siguiente no estaría ahí en el paseo Colón ni en el cine. Su padre estaba apunto de bajar y se iba a molestar mucho si la veía hablando a escondidas con el chofer y en ropa de cama. “Oscar, por favor ven…” Oscar dejó de peinarse en el espejo de auto y se dio vuelta para ver que quería María. “Por favor, cuando regreses de dejar a mi papá en su trabajo, pasa por el paseo Colón y dale esta nota al chocolatero italiano ese que siempre nos vende chocolates. “Pero si yo tengo que volver para llevar a tus hermanos al colegio… no me va a dar el tiempo…” le respondió con toda sinceridad el chofer. “Por favor Oscar, por favor, si que puedes, tu siempre me has dicho que si te dejaran ir mas rápido en este carro, tu podrías hacerlo volar, te prometo que si me haces este favor, nunca mas te hago esperar ni un minuto cuando me recojas de algún lugar… por favor” – “Bueno, voy a ver que puedo hacer…” – “Gracias Oscar, me voy que ya baja mi papá” dijo María mientras flotaba hacia arriba de las escaleras para volver a aterrizar en la puerta de su cuarto con la única intención de dormir un poco ya que no había dormido casi durante la noche y, en al medida de lo posible, soñar con Enrique.
jueves, 29 de abril de 2010
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Seguro que los chocolates eran sin tomate, sin pepino y sin picante. Con muuucha salsa blanca.
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